El Cirujano (II)
Cuando llegó a su casa aún estaba inconsciente. La subió en brazos y la dejó sobre la cama, pero no la desató. Quería arreglar aquello pero antes tenía que asegurarse, algo como eso podría destrozarle profesionalmente y probablemente acabase en la cárcel.
Decidió esperar a que se despertara e intentaría razonar con ella. La pediría perdón, juraría que nunca más la volvería a ver a cambio de que no le denunciase.
Despertó a los pocos minutos y empezó a gritar como buenamente podía con la boca amordazada. Fred la pidió que se calmara e intentó explicarle sus intenciones lo más rápido que podía.
- Si me prometes que no vas a gritar más, te quitaré la mordaza para que podamos llegar a un acuerdo.
Ella asintió con los ojos enrojecidos, pero aún sin lágrimas. La quitó la cinta aislante de un tiró y la sonrió al poder ver otra vez su bello rostro completo.
Sin embargo su cara no era amigable, algo lógico dada la situación, e inmediatamente empezó a vociferar.
- !Maldito hijo de puta! ¿Eres imbécil o qué? ¿Cómo te atreves a hacerme esto? No solo te voy a denunciar, sino que me aseguraré personalmente de hacer tu vida un infierno y que no vuelvas a ver la luz del sol.
Fred estaba asustado. Aquello no iba bien y tenía que hacerla callar pronto antes de que sus gritos alertaran a los vecinos. Corrió hacia su despacho donde tenía bastante material médico y medicamente en abundancia, y cogió el frasco de cloroformo. Después de un libero forcejeo consiguió que ella lo aspirara y de nuevo cayó inconsciente. Con aquella dosis tendia al menos hasta doce horas para poder pensar en otra cosa.
Estaba claro que no podía permitir que saliera de su casa hasta que entrara en razón, y parecía que iba a llevar mucho tiempo. Lo primero que necesitaba era poder mantenerla consicnete sin que gritara constantemente. Y solo se le ocurrió una solución: la quirúrgica.
Tumbó a Sheila sobre la camilla de prácticas que tenía en su despacho y lo dispuso todo para la operación. Con apenas un par de incisiones y en algo más de media hora, consiguió extirparla las cuerdas vocales.
- Así estarás calladita – pensó para sus adentros con gran satisfacción.
Como aún tenía tiempo de sobra, tenía que inventarse una excusa para no ir a trabajar durante al menos unos días. Llamó por teléfono al hospital y no le costó mucho convencer a su jefe de que las copas de ayer le sentaron fatal y se le había complicado con una pequeña gripe por el frío de la noche.
Finalmente Sheila despertó. Estaba mareada y sentía una molestia en la garganta. Intentó aclararse la voz con un carraspeo sin éxito.
- No te molestes. Ya no puedes gritar, y en consecuencia hablar. Ahora podremos negociar tranquilamente.
Ya no tenía la mordaza pero seguía atada por las manos y los pies. Intentó forcejear un poco para soltarse pero se encontraba demasiado cansada.
- Vamos a arreglar esto como personas civilizadas. Sencillamente nos olvidamos el uno del otro y de lo que pasó anoche.
Sheila estaba en estado de shock. No podía creeer lo que le había hecho aquel maldito bastardo. Y comenzó a sollozar desconsoladamente.
- Vaya. Parece que no estás centrada con el problema que tenemos entre manos. Te dejaré descansar unas horas para que recapacites y pienses que lo que te propongo es la única solución razonable.
Se alejó hacia la puerta del despacho-quirófano y la miró a los ojos. Le estaba empezando a gustar este juego, y una pequeña parte de él no quería que aquello acabase. Dirigió una ligera sonrisa de superioridad a Sheila, apagó la luz de la habitación y cerró la puerta con llave.
Ella supo en ese momento que estaba tratando con un psicópata en potencia, y la casualidad quiso que ella haya sido el detonante que lo ha desatado.
Comprendió que no iba a salir viva de aquella casa.
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