Fin (I)
Hacía tres días que partieron e la ciudad de Mar-El-Salad. Después de varios meses vagando por las calles, mendigando, comiendo a duras penas, y realizando trabajos de los que no estaban orgullosos, consiguieron el dinero suficiente para comprar un camello y un poco de comida.
El desierto era un lugar que no acogía a sus moradores. Tormentas de arena azotaron varios veces su camino, impidiéndoles avanzar, y cuando podían, lo hacían bajo un sol abrasador. Las noches gélidas les aterían todos los músculos y tenían que acurrucarse junto al animal para no morir de frío. La escasa comida que consiguieron, la racionaron todo lo que pudieron entre ellos y el camello. En muchas ocasiones, sólo su inquebrantable fé les empujaba a seguir adelante.
Finalmente, en uno de los atardeceres vislumbraron tras unas dunas la ciudad-fortaleza de Reddom. Otra tormenta de arena se estaba preparando mientras se acercaban y cuando llegaron a una de las puertas principales de la muralla, la arena y polvo levantados les impedían ver la parte superior de la puerta y la muralla. Durante siglos, Reddom había resistido, gracias a su fortificación, cientos de asedios y miles de tormentas del desierto. Su condición de inexpugnable era conocida en todo el continente.
La puerta era una de las ocho que disponía la muralla. Cada una de ellas era de una decena de metros de ancha y un par de decenas de alta. Las bisagras eran tan grandes como una persona de estatura media. Para llamar utilizaron la aldaba de gran tamaño que al retumbar inquietó al animal. La rectangular mirilla se abrió sólo una ligera rendija ya que la tormenta estaba arreciando.
- ¿Quiénes sois y qué queréis? – dijo una voz al otro lado de la puerta.
- Somos Caleb y Laila de la casa Tarel. Venimos a visitar a un familiar – dijo Caleb.
Tras unos segundos de pausa, el guardia volvío a hablar.
- No consta nadie de la casa Tarel en Reddom. Será mejor que digáis la verdad.
- El familiar es de mi acompañante de la casa Pear.
De nuevo otra pausa.
- ¡La casa Pear no es bien recibida aquí! ¡Marchaos!
- ¡Pero necesitamos entrar! ¡Y la tormenta está empeorando! – gritó Caleb
Dentro se inició una pequeña discusión y al poco la gigantesca puerta se abrió lo justo para que pasaran ellos y el camello. El chirrido de los goznes ponía los pelos de punta. Hacía mucho tiempo que no se abría.
- Disculpad a mi compañero. Es demasiado riguroso con las normas – dijo otro guardia disinto, más joven que el anterior.
- Muchísimas gracias, señor – contestó Laila con una reverencia
- De todas formas os estaremos vigilando. Disfrutad vuestra estancia en Reddom.
La enorme puerta se cerró tras ellos, y aquella sería la última vez que lo haría.
escribes muy bien cais me he sentiod dentro de la historia… plasma también una realidad muy cruda de los habitantes del desierto.
Mmmmmm, una nueva ambientación para este relato
Veo que vas mejorando en la técnica del misterio, y dejas al lector con ganas de más 
Un besote,
Mun Light Doll