Deseo (I)
El mercadillo era un lugar fantástico para perderse y dejarse llevar. Vendedores ambulantes, músicos y artistas trataban por todos sus medios llamar la atención sobre los transeúntes y poder así seguir alimentando su bohemio estilo de vida.
- La tienda que te comenté está ahí delante – comentó Sheila elevando la voz para hacerse oir por encima del bullicio.
Naira no contestó. No la entusiasmaban los lugares concurridos. Detestaba la mezcla de olores y sabores que se creaban en aquella multicultural muchedumbre y el estar más pendiente de su bolso y sus pertenencias personales que de cualquier otra cosa.
La tienda tenía un aspecto muy antiguo. Naira pensó que seguramente aquella fuera la única tienda que había conocido ese local desde que se construyó en esa parte antigua de la ciudad. El desgastado letrero solo ponía “Anticuario“. “Cuando la tienda era nueva, ¿también vendía antigüedades?” se preguntó para sus adentros.
Cuando entraron, Naira respiró aliviada. El interior de la tienda estaba significativamente más vacía que la calle. De hecho, los únicos clientes que había en toda la tienda estaban pagando en ese momento y se disponían a marcharse.
La tienda era bastante grande. Tenía varios pasillos con montones de estanterías donde estaban expuestos todos los artículos en venta. El aire que se respiraba dentro parecía tan viejo y viciado como la propia tienda.
- Voy a ver si lo encuentro. Echa un vistazo por ahí a ver si encuentras algo que te guste – sugirió Sheila.
- Lo dudo – fue la seca respuesta de Naira.
Los cachivaches estaban amontonados en los estantes sin ningún tipo de orden o lógica. Muchos incluso tenían una gruesa capa de polvo que indicaba que hacía mucho tiempo que nadie se había interesado por ellos.
Ya se había recorrido media tienda deseando que Sheila terminara cuanto antes, cuando lo vió. No sabía porqué se había fijado en él, pero ya no podía apartar la vista. Como un zombi irracional se acercó hasta donde estaba y lo cogió con ambas manos. Se trataba de un candil árabe, similar a los que se ven en las películas y que suelen tener un genio dentro, aunque éste estaba ligeramente abollado por un lado y la mugre se había hecho fuerte agarrándose en su superficie.
Sin vacilar se lo metió dentro del zurrón que llevaba como bolso, confeccionado con una sola pieza de tela y que llevaba como bandolera.
- ¡Ya lo tengo! – soltó Sheila justo detrás de su espalda.
Naira dió un respingo al no esperar la presencia tan cercana de su amiga. Confiaba en que ni ella ni el dependiente la hubieran visto. Usó su mejor sonrisa falsa cuando Sheila la enseñó con orgullo un oxidado pomo de puerta.
Cuando fueron a pagar el pomo, el anciano dependiente – Naira le echaba más de 90 años – le lanzó una extraña mirada, como si intentara escudriñar su interior. El anciano finalmente sólo emitió un gruñido de indignación y desvió la mirada. Sólo cuando salió de nuevo a la calle suspiró aliviada.
- ¿Para qué quieres un pomo viejo? – inquirió Naira para intentar desviar la atención sobre su evidente nuevo bulto del bolso.
- Es un regalo que le voy a hacer a mi novio. Compré una mesilla antigua y la mandé restaurar, pero necesitaba un poco antiguo que hiciera juego.
A Naira no le interesaba lo más mínimo su explicación. Estaba más pendiente de disimular su ilegítima adquisición que de sus palabras, así que deslizó el zurrón sobre la cintura para ocultarlo tras el brazo. Ahora la molestaba al andar pero quedaba fuera de la vista de miradas indiscretas e incluso de la suya.
Ninguno se dió cuenta como al rozar el objeto con la tela del bolso, empezó a brotar una ligera humareda azulada de su punta.
- ¿Y tú qué tal con Ethan? ¿Sigue sin fijarse en tí? – preguntó Sheila con un tono de burla que no le gustó nada a Naira.
- ¡Qué va! Ojalá viera que estoy completamente colada por él. Desearía que se derritiera por mí cada vez que me viese – terminó la frase con un suspiro.
- Concedido.
- ¿Has dicho algo? – preguntó extrañada Naira al parecerle oir una voz.
- No, nada – la miró como a un extraterrestre de dos cabezas – Deja de imaginarte cosas.
- Tienes razón. Tengo que mantener los pies sobre la tierra. De todas formas esta tarde iré a visitarle para que me preste unos apuntes.
- Suerte entonces – se despidió Sheila con una sonrisa.
Naira no se imaginaba cuánto iba a necesitar la fortuna esa tarde.
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