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Archivo para 17 agosto 2007

Maldita sea

Jueves 23 de agosto de 2007 11 comentarios

El hombre de negro huía a través del desierto y el pistolero iba en pos de él. Ambos azuzaban todo lo que podían a sus caballos, pero parecía que pronto la cacería llegaría a su fin. De un golpe lo descabalgó y una vez en el suelo le desarmó.
- ¿Para quién trabajas? – gritaba el pistolero – ¡Responde! – Estaba a punto de propinarle un buen puñetazo.
- ¡Para! ¡Está bien! ¡Hablaré! Aunque no te gustará lo que vas a oir, porque si huía era por una buena razón – la voz del hombre del negro se oscureció – Soy el guardián de un horrible secreto que atañe a tu familia. Mary me lo contó en su lecho de muerte.
- ¿Mi madre? – los ojos del pistolero se abrieron como platos.
- Sí, has de saber que ella…

De repente, todo se quedó a oscuras. Noj se quedó perplejo aún mirando la pantalla oscura de la televisión, esperando que si forzaba la vista podría continuar viendo la película.
- ¡Maldita sea! – murmuró al aire.
Se levantó a tientas en la oscuridad y como pudo alcanzó su teléfono móvil. Usando la tenue luz de la ventana y guiándose por su conocimiento de la posición de los muebles alcanzó la linterna que guardaba en el armario de las herramientas. Con una fuente luminosa más decente se acercó al cuadro de fusibles de la casa para comprobar que todo estaba correctamente. No había ningún síntoma de que algo estuviera mal así que pensó que sería algo más generalizado. Se acercó a la ventana del patio, subió la persiana y se asomó. Todo estaba completamente oscuras.

- Se ha ido la luz en todo el barrio – dijo una voz femenina. Noj buscó su fuente y pudo intuir una silueta que sobresalía por una ventana unos metros a su derecha. Por el sonido calculaba que debía encontrarse dos o tres viviendas más allá de su posición.
- Vaya, ya no podré ver el final de la película – contestó Noj con cierto aire de indignación forzada.
- ¿Qué estabas viendo? – la voz de la muchacha parecía calmada y dulce.
- Una de vaqueros. De esas del oeste antiguas. Estaba justo en lo más interesante.
- Lo siento, si puedo hacer algo por tí, no dudes en pedírmelo.
- Gracias, pero a menos que puedas contarme lo que me estoy perdiendo de la película, no lo creo. – Noj se enfadó consigo mismo por tener una conversación tan estúpida y trivial, y dado que el apagón parecía que iba a durar, decidió darle una vuelta. – ¿Y tú qué estabas haciendo?
- Yo ya estaba asomada a la ventana cuando todo se oscureció – soltó un suspiro casi inaudible – Realmente estaba aburrida sin nada que hacer.

Tras sus palabras hubo unos segundos de silencio. Noj estaba pensando si con lo que le había dicho había doble intención y le estaba proponiendo algo. A veces veía cosas donde no las había y eso le había costado más de una frustración después de hacerse ilusiones.
- ¿Cómo te llamas? No me suena de haberte visto por el edificio – intentó hacerse el interesante
- Zadra, ¿y tú? Es normal que no me conozcas, me he mudado hace unos días y aún no conozco a nadie.
- Yo me llamo Noj – tragó saliva – Ahora ya conoces a alguien – Si no estuviera todo oscuro, Zadra podría haber visto la sonrisa más estúpida que se pudiera imaginar.

Evaluó la situación. Una chica que por la voz parecía joven. Nueva en el barrio y aparentemente sola. Aburrida y sin nada que hacer. Un apagón como excusa perfecta. Habría que ser demasiado estúpido o demasiado paranoico para no aprovechar las circunstancias. Reunió todo el valor que pudo y se lanzó.
- Si te parece una buena idea, podrías…

Pero no pudo terminar la frase, porque una luz cegadora le dejó paralizado. La electricidad había vuelto, pero por desgracia le había dejado temporalmente cegado. Se tapó los ojos con una mano para intentar paliar sus efectos.
- ¿Qué decías? – preguntó Zadra.
No tenía suficiente valor para una segunda vez.
- Decía que si te parece bien… podrías matar el tiempo con un puzzle – si pudiera se daría una paliza por soltar semenjante tontería.
- – la voz de Zadra sonaba claramente decepcionada – parece entretenido.

Noj se retiró de la ventana y bajó la persiana. Ni siquiera había tenido la oportunidad de verla la cara debido a la ceguera y no hacía otra cosa que maldecirse a sí mismo por la estupidez de su comportamiento. Se sentó en el sofá de nuevo y encendió la tele. Los créditos de la película rodaban por encima de una escena en la que tanto el pistolero como el hombre de negro yacían en el suelo muertos.
- ¡Maldita sea!

Categorías:Cuentacuentos, Relatos

Atrapada

Martes 21 de agosto de 2007 2 comentarios

La costaba respirar. Intentó abrir los ojos pero algo la obstruía los párpados. Con ayuda de una mano retiró algo viscoso de su cara y entonces pudo analizar la situación. El pasillo terminaba abruptamente unos metros más adelante con varias palmeras y su ventanilla estaba rota permitiendo entrar algunas ramas por ella. El avión se había estrellado en la jungla.

Intentó moverse pero no pudo. Los asientos de delante se habían desplazado y la aprisionaban las piernas. El otro brazo que no había usado lo tenía también libre pero el dolor era insufrible, probablemente por una fractura de bastante gravedad. Por fortuna aún podía mover el cuello y disponía de un brazo usable con el que se había despejado la cara.

Echó un vistazo al asiento de su lado y allí pudo ver el cadáver de su novio. Tenía la cara desfigurada y ausente parte del cráneo posterior debido a una viga metálica que se había desprendido del techo arrasando con todo. En otras circunstancias esa escena habría sido suficiente para provocar el colapso de cualquier persona y una serie de sensaciones indescriptibles, pero ése no era su caso y la preocupaba. Estaba más pendiente de su propia supervivencia que de preocuparse por otras personas, incluso de la que había jurado amar más que a su propia vida.

Sabía que la adrenalina corría por sus venas y la mantenía alerta, pero ese efecto se pasaría pronto y las consecuencias físicas serían impredecibles cuando llegara ese momento. Tenía que actuar o hacer algo antes de que fuese demasiado tarde.

- ¡¿Hola?! – gritó todo lo que pudo y le permitieron sus agobiados pulmones. La única respuesta que tuvo fue la de varios pájaros tropicales y el repiqueteo de la lluvia sobre el fuselaje. Tenía la esperanza que entre los miembros colgando hasta donde la alcanzaba la vista y los cuerpos tendidos por todas partes, habría otro superviviente consciente.

Pronto empezó a sentir mareos. Al principio como si todo diese vueltas a su alrededor durante unos segundos, y después sonidos agudos y extraños en los oídos. La desorientación fue en aumento y en poco tiempo dejó de concebir el paso del mismo. Ya no sabía si llevaba varios días atrapada en ese lugar o tan sólo unas horas. Un zumbido constante crecía en su cabeza, alejándose y acercándose alternativamente. Bien podría ser un helicóptero de rescate o el inconstante latido de su febril corazón. Mientras la vista se tornaba más borrosa y blancuzca, tuvo la visión de su novio zarandeándola y golpeando sus mejillas. Sabía que eso era imposible, pero con ese agradable pensamiento permitió que la inconsciencia la invadiera.

- La hemos perdido – susurraron los servicios de emergencia al hombre que seguía agitando el inerte cuerpo de su novia entre sollozos.

Categorías:Relatos

Recuerdos

Lunes 20 de agosto de 2007 3 comentarios

- Quiero olvidarlo todo.
- Es necesario que comprenda, señor Johnston, que éste es un proceso irreversible – explicaba el médico – Debe estar completamente seguro de lo que supone. Después del borrado tendrá varias lagunas en sus recuerdos que debe asumir como perdidas o… – la voz del médico se apagó.
- ¿O qué? – preguntó Joe arqueando una ceja como símbolo de desconfianza.
- Verá, sólo ha ocurrido una vez, pero cuando el paciente se obsesiona demasiado con sus recuerdos perdidos puede provocar episodios esquizoides crónicos – decía muy seriamente el médico – y puede llegar a inducir el suicidio.
- Entiendo – respondió Joe mientras se dejaba caer sobre el sillón de la consulta.

A su mente vinieron de golpe toda clase de recuerdos sobre ella. El día lluvioso que se conocieron. Su primer beso a la luz de una farola. Su primera noche de sexo. Y como si nubarrones negros eclipsaran su cabeza, recordó los desagradables incidentes posteriores. Los cientos de motivos que ella le argumentó cuando rompió con él. Lo fácil que lo superó cuando la vió con otros hombres. Se sentía traicionado, como si de un plumazo le tacharan varios años de su vida y le dijeran que todo era falso y nada de lo que había hecho valía para algo. Era incapaz de superar su frustración y en aquella novedosa clínica de la que le hablaron vió la solución fácil.

- Todo – Joe suspiró – No quiero acordarme de nada – dijo tajantemente.
- Muy bien. Firme aquí y aquí – dijo el doctor mientras le acercaba dos documentos sobre la mesa. Uno era la autorización y consentimiento para someterse al delicado proceso y el otro la aceptación del crédito bancario para poder pagarlo. Joe pensaba que si era tan efectivo como anunciaban no le importaba pagar cualquier suma.

Una vez firmó todas las copias le condujeron a una especie de quirófano. Poco se parecía al de los hospitales tradicionales, ya que en éste predominaban los aparatos de alta tecnología. Toda la sala estaba plagada de sofisticadas máquinas en torno a un asiento ergonómico reclinable que estaba en el centro.

- Necesitamos confeccionar un mapa tridimensional de la memoria de su cabeza, señor Johnston – le comentó una enfermera – Debe concentrarse única y exclusivamente en lo que desea olvidar . Puede ayudarse de objetos o fotos para ayudarle a recordar. Después usaremos un láser que modularemos en frecuencia para alcanzar las neuronas a distintas profundidades. Los recuerdos asociados al mismo motivo suelen agruparse juntos físicamente en la cabeza – sonrió la enfermera.

Le conectaron cientos de diminutos sensores por toda la cabeza y los recubrieron con un casco de plástico flexible. Joe sacó de su cartera la única foto que aún guardaba de ella. Se quedó mirándola fijamente y empezó a recorrer mentalmente todos y cada uno de los momentos que habían compartido.
- Adiós, Soluna – murmuró hacia la foto.

Se despertó sobre la cama de su habitación. Sentía náuseas y le dolía un poco la cabeza, como una resaca después de una gran juerga nocturna. Decidió salir a tomar el fresco al parque de siempre para despejarse. Se sentó en el bar de al lado a tomar algo.
- Hola – dijo una mujer que se le acercó.
- Hola – respondió Joe extrañado por la intrusión.
- Perdona que te moleste, pero estaba sentada al otro lado del bar y tu cara me sonaba muchísimo. ¿Nos conocemos? – preguntó ella con una dulce sonrisa en la cara.
- Ahora que lo menciona, tu cara también me suena. Pero creo que no nos conocemos. Me acordaría – le devolvió su mejor hilera de dientes – Me llamo Joe – dijo mientras la tendía una mano.
- Yo Soluna. Encantada de conocerte.

Categorías:Relatos

Experimento

Viernes 17 de agosto de 2007 1 Comentario

El pasillo parecía no tener fin. Sólo las voluminosas puertas de piedra blanca y pulida detenían el paso cada poca distancia.
- ¡Traigo noticias importantes! – decía el mensajero a cada par de guardias que custodiaban cada una de las puertas. A pesar del peso que debían tener, un sólo guardia ataviado con armadura, las abría fácilmente y sin poner ninguna objeción.

A pesar de todo el tiempo que llevaba ahí, nunca dejaba de maravillarse con aquel lugar. Un rápido vistazo hacia atrás permitía ver ahora el largo pasillo de principio a fin con todas las puertas abiertas. O al menos podía intuirse su comienzo, desde que se internó en él, ya que estaba tan lejos que resultaba complicado poder verlo. El suelo eran baldosas de mármol perfectamente brillantes y todo el pasillo con sus puertas y columnas eran de un blanco radiante que confería una luminosidad cálida y agradable, a pesar de que no tenía ni una sola ventana o fuente de luz artificial.

Por fin llego a su destino, en el despacho del cronista. El lugar no desentonaba con el resto y el hombre tampoco. Su túnica impoluta hacía juego con sus largas y cuidadas barbas. Era difícil distinguir dónde comenzaba el pelo de la cabeza y dónde el de la cara, ambos completamente canosos. Escribía con esmero usando una larga pluma que remojaba de vez en cuando en un tintero, la única pieza lo suficientemente oscura como para llamar la atención en ese lugar.

- Otro grupo lo ha conseguido, señor – comentó el mensajero con cierta emoción aunque con el gran respeto que le infundía el cronista. Pasaron varios segundos hasta que terminó de escribir lo que estaba haciendo en ese momento y levantó la mirada hacia el que le había interrumpido.
- ¿De verdad? Ni en nuestras mejores expectativas pensábamos que iban a conseguirlo tantos. Aguarda un segundo. – y se levantó en dirección a las estanterías repletas de libros que tenía a sus espaldas. Tras vacilar un poco sacó uno de los tomos y lo abrió por la marca que indicaba la última página escrita. – Cuéntame – pidió.
- Se encuentra en el sector 3A.
- ¡Ah, sí! Me acuerdo de ellos. Teníamos grandes esperanzas en esos, aunque han tardado un…
- Aunque existe un pequeño problema. – le interrumpió el mensajero – No han actuado como el resto. – Su gesto era ahora una mezcla de amargura y excitación por ser el portavoz de esa nueva.
- ¿A qué te refieres? ¿Han conseguido el poder del átomo como los demás, no? ¿Cuál es el problema?
- La han usado en su propio planeta – contestó tajantemente provocando un incómodo silencio en la sala durante unos segundos.
- Comprendo – fue todo lo que el cronista consiguió decir. Y allí donde había empezado a apuntar un nombre, tiró una mancha de tinta provocando el primer borrón de todo el libro. Su decepción era más que evidente a través de sus cansados y longevos ojos.
- ¿Ordeno la destrucción del experimento en esa zona? No tiene sentido mantener ese fracaso – preguntó el mensajero, siguiendo el protocolo estipulado.
- No. No es necesario. – suspiró el cronista – Si eso es cierto no tardarán mucho en destruirse ellos solos antes de que podamos sentir su presencia.
El mensajero dijo algo inaudible mientras hacía una reverencia y se marchó por donde había venido, con el paso igual de acelerado que cuando llegó.
- Empiezo a pensar que es un error intentar que la raza humana evolucione por sí misma en cada uno de los experimentos – murmuró en voz muy baja mientras pasaba el dedo por encima de la mancha de tinta donde ponía Tierra.

Categorías:Relatos
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