Prisionera
- Incluso el que menos te lo esperas podría ser el de verdad.
Meredith miraba a todos los clones de su pareja con la boca abierta. Todos eran absolutamente clavados entre ellos e imposible diferenciarlos a simple vista. Miraba a cada uno como si tuvieran un monstruo tatuado en la cara, y ellos la devolvían la mirada sorprendidos por su reacción.
- ¿Qué te ocurre, Meredith? – dijo uno.
- Soy yo, cariño. ¿Te pasa algo? – dijo otro.
- ¿Por qué me miras así? – preguntó un tercero.
Buscó marcas y cicatrices que sabía que tenían que existir por el cuerpo de varios de ellos, y todos tenían copiado al milímetro cada pequeña imperfección y cada pequeña singularidad.
Estaba empezando a ponerse nerviosa. Miraba a cada uno cada vez más fugazmente sin ni siquiera tiempo para posar sus ojos.
- A ver, tú – dijo dirigéndose a uno – ¿Qué fue lo que comimos cuando nos conocimos?
- Arroz con tomate en la posada del tío Tom, ¿no te acuerdas? – contestó.
- Y tú – apuntó a otro – ¿Qué fue lo que te dije el día que nos quedamos encerrados en el granero?
- Que era la primera persona con la que tuviste sexo. Soy yo, ¿no me reconoces?
Cayó de rodillas frente a todos los clones, entre los cuales se encontraba el original, el que había amado, con el que había escapado de las fuerzas imperiales y huído hacia los planetas coloniales. Rompió a llorar entre sollozos.
- Como puedes ver, son copias exactas con los mismos recuerdos. – dijo el emperador – Y cada vez que desobedezcas una orden o intentes escapar, eliminaremos a uno de ellos sin saber si se trata de una copia o el original. Meredith, ahora eres prisionera de la eternidad.
Inspirado en un fragmento de cómic de una revista que cayó en mis manos hace muchos años.
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