Archivo

Archivo para Miércoles 7 de enero de 2009

El Huevo (II)

Miércoles 7 de enero de 2009 1 Comentario

La gente suele decir que cuando vas a morir (sólo lo dicen los que finalmente no mueren, así que no hay comprobación científica sobre este aspecto) ves pasar tu vida completa por delante de tus ojos. Para Jinx no debían quedar salas de proyección disponibles porque sólo vio escenas sueltas de su vida en color sepia y muy pequeñitas, como negativos de cámara de fotos. La tan difamada túnica esta vez le ayudó a frenar un poco la caída ofreciendo una resistencia al aire más fuerte de lo común, pero que Jinx recordara no era ignífuga (se le salía de presupuesto) para que también le permitiera sobrevivir a un río de ardiente lava.

De repente vio un punto negro entre todo el fondo rojo y amarillo que se acercaba a él a toda velocidad. Y ese punto cada vez se hacía más y más grande. Calculó que si meneaba un poco el pie izquierdo y agitaba en estilo brazada el brazo derecho podría maniobrar un poco y dirigirse directamente hacia él. Para cuando su cabeza recordó que quizás el impacto sobre algo sólido podría ser malo para sus huesos, era demasiado tarde.

El impacto dolió menos de lo que esperaba, a menos que hubiese muerto y ya no sintiese nada. Pero descartó esa idea enseguida cuando uno de sus pies tocaba el río y pudo oler el horrible pestazo a zapatilla de mercadillo quemándose.
- ¿Estás bien? – dijo una voz ronca que reconoció al instante. Era el demonio que había contratado y que dejó luchando contra un grupo de arpías mientras él aprovechaba para huir.
- Creo que sí. No me he roto nada, al menos nada que me impida sobrevivir ahora mismo – dijo mientras se inspeccionaba a sí mismo buscando algún hueso asomando o una herida que sangrara abundantemente -, ¿Y tú? ¿Cómo escapaste de las arpías? – preguntó suspicaz y sospechando una posible trampa de aquellas brujas aladas.
- Finalmente llegué a un trato con ellas. Lo que realmente necesitaban era alguien que les escuchara y les diera cariños. No baja mucha gente por aquí a menudo, ¿sabes? - explicó con un extraño brillo en los ojos.
La mera idea de aquel corpulento demonio rojo participando en una orgía de sexo desenfrenado con un grupo de arpías le provocó un escalofrío por toda la espalda. Deseó no tener una imaginación tan desbordante para algunas cosas.

Ambos flotaban sobre aquella especie de canoa improvisada que flotaba libremente sobre el incandescente río. Un trozo de roca sería de remo, pero la inteligencia de aquel demonio no llegó hasta el punto de pensar que hasta la más dura roca se disolvía ante la lava. Desde luego Jinx no le iba a echar en cara que vagaran a la deriva en un trozo de roca cada vez más pequeño en un río de lava líquida en el interior de unas catacumbas. Al menos seguía vivo, aunque no se explicaba muy bien cómo ni por qué.
- ¿Y ahora qué? – preguntó en un suspiro más de resignación que otra cosa – ¿Qué hacemos?
- No te entiendo.
- Digo yo que habrá que hacer algo. No me apetece mucho morir abrasado en una lenta y dolorosa muerte – explicó Jinx echando una ojeada a su cada vez más mermada plataforma.
- No – dijo el demonio tras una breve pausa que Jinx dudó mucho que fuera para pensar.
- ¿No? ¿Cómo que no? ¿No te importa morir? – preguntó impaciente. Desde luego había tenido conversaciones mucho más inteligentes con seres inanimados.
- No te preocupes por eso, no vamos a morir. Al menos ahora no. Mira la corriente.
Antes de desesperarse más aún porque la superficie flotante ya no dejaba mucho más juego que para dos pares de pies, y eso significaba acercarse peligrosamente al pecho descubierto del demonio. Tal y como había leído en los libros, los demonios no eran precisamente famosos por su higiene personal. Jinx alzó la vista todo lo que pudo y observó hacia donde les llevaba la corriente del río.
- Eso de ahí del fondo no será una cascada, ¿verdad? – preguntó tragando toda la saliva que el abundante calor le había dejado.
El demonio no respondió. Se agachó y adoptó una curiosa pose. Hasta un ingeniero gnomo de primer nivel habría observado que había mejorado la aerodinámica y ahora ofrecía menos resistencia al viento para alzar el vuelo con más facilidad. Pero claro, allí nadie iba a despegar. En todo caso un trayecto corto. El pálido color de Jinx contrastaba con el de su túnica que a su vez contrastaba con el ardiente río. Todo lo que pudo decir fue un grito más agudo que el de su hermana recién nacida. Y se precipitaron al vacío, por segunda vez en menos de diez minutos.

Categorías:Relatos
Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 48 seguidores