Duda
- ¡Glorioso día proclamo! – saludó el capitán después de abrir la puerta del camarote con un portazo. Algunos dientes de oro relucían al sol del nuevo día.
La tripulación, que solía dormir pocas horas, ya se encontraba afanosa realizando las tareas habituales, como limpiar la cubierta, deshollinar los cañones, afilar las espadas, desenredar las redes de pesca y hasta el cocinero ya se había puesto a preparar el almuerzo. El capitán dio el paseo rutinario para revisar el estado de toda la nave y para azuzar a todos los marineros. La “Razonamiento” es sin duda una gran nave.
- ¡Capitán! ¡Capitán! – gritó el vigía desde su elevada posición privilegiada -. ¡Barco a la vista!
Por un instante todo se detuvo. Por el océano del Pensamiento no solían encontrarse muchos barcos, pero la mayoría no eran amistosos. El caos estalló a bordo, y a pesar de lo ridículo de la situación, algunos corrían de un lado a otro esperando que con el siguiente paso se encontraran a miles de millas de allí.
- ¡¿Qué bandera lleva?! – preguntó el capitán alzando la voz hacia la cofa de vigía. El marinero agudizó su vista y afinó su catalejo, como asegurándose de lo que había visto.
- ¡Capitán! No lleva bandera – anunció -, pero reconocería ese barco en cualquier parte y en cualquier vida. Es la “Instinto”.
Si había algún miembro de la tripulación que aún no había cundido en pánico, en aquel preciso instante se dejó llevar por la desesperación. Aquellos dos barcos sólo se habían encontrado un par de veces durante toda su vida, y en ambas habían evitado el confrontamiento directo. Se temían y se respetaban, y el hecho de que aquel barco sin bandera se dirigiera hacia ellos sólo indicaba la seriedad de la situación.
- Sin duda han oído hablar de nuestra valiosa carga y pretenden que no lleguemos a Puerto Boca de una pieza – razonó el capitán -. ¡Maldita sea! Por si no hubiésemos tenido bastante con todas estas semanas de tormenta y grandes oleajes – maldijo.
Escogió a sus dos hombres de más confianza y se los llevó a su camarote. Cerró la puerta tras la incertidumbre del resto.
- Caballeros, os voy a ser sinceros. No creo que salgamos de ésta – explicó el capitán con pesadumbre en sus palabras. Al notar la cara atónita de los marineros continuó -. La “Instinto” es mucho más veloz que nosotros y, sobre todo, más sanguinaria. No dudarán en hundir este barco con tal de conseguir su objetivo. Sin embargo – su cara vislumbró una sonrisa tímida -, tenemos una descabellada posibilidad.
La “Instinto” se acercó velozmente hacia su víctima. En circunstancias normales, la habrían dado caza en poco tiempo, pero ante su nula reacción la alcanzaron casi instantáneamente. Ni un disparo, ni un cañonazo, ni un suspiro se oía a bordo de la “Razonamiento“. Todos sabían que era una trampa, y la única duda era saber el momento de destaparla.
- ¡Al abordaje! – gritó alguien. Ante la imposibilidad de reconocer la voz, la tripulación de ambos barcos se lanzaron como orcas hambrientas sobre el otro. Algunos chocaron en el aire y cayeron al mar, donde los tiburones del Recuerdo dieron cuenta de ellos. La cruenta batalla fue más encarnizada de lo que cualquiera de sus participantes se atrevió a imaginar. Miembros cercenados, carne desgarrada, aullidos de dolor. No podían quedar supervivientes.
Tal y como habían deseado, los capitanes de ambas naves se enfrentaron entre ellos en un combate a espada sin igual. Sus hombres morían a su alrededor y su lucha cada vez estaba más rodeada de muerte. Varios cortes avisaban de que ninguno se iba a rendir y mucho menos suplicar por su vida. Finalmente, y en un movimiento maestro, la espada atravesó carne vital. Ninguno de los dos pareció darse cuenta de que ya habían muerto hacía un buen rato por diversas heridas, y lo único que les quedaba por decidir era el primero que iba a dejar de respirar.
El entrechocar del metal cada vez era menos frecuente, y un breve vistazo sobre el manto de carne y sangre que tapaba ambas cubiertas valía para darse cuenta de que no había supervivientes en ningún bando. Las naves empezaron a separarse al antojo de la deriva.
…
- Sí, quiero – contestó la novia tras unos breves instantes para ella, o eternos segundos para el resto de asistentes.
- Se lo ha pensado mucho, ¿no? – susurró alguien.
xD. ¿Así que el matrimonio es un combate a muerte entre el razonamiento y el instinto y los dos salen perdiendo?
Nunca se me había ocurrido planteármelo de esa manera pero, una vez analizada tu teoría, creo que tienes razón en algo: tardó demasiado en pensarlo.
Un abrazo
Me ha gustado mucho. La alegoría que has usado me recuerda mucho al Mito del Carro Alado, de Platón. Además, el relato tiene un toque de humor y crítica que me encanta
Besos de razón e instinto,
Mun