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Archivo para Jueves 12 de marzo de 2009

Guerra

Jueves 12 de marzo de 2009 Los comentarios están cerrados

He visto mutilaciones. He visto carne desgarrada y putrefacta entre gritos de agonía. He visto a mujeres llorando y desangrándose con su propio hijo nonato en sus manos. He visto la muerte, la he mirado a los ojos y me he reído.

Gerard levantó la pluma del papel y volvió a leer lo que había escrito. Le gustaba. Sabía que escribiese lo que escribiese, nunca podría hacer justicia a lo que había vivido, pero se le acercaba bastante. Uno de los miembros de la guardia irrumpió en la sala.
- ¡Capitán! Tiene que venir a la sala de guerra cuanto antes. Es una emergencia – gritó exaltado entre jadeos por una larga carrera.
- Enseguida voy – contestó plácidamente.
- Su majestad no tolera las esperas y la situación es de vida o muerte – se quejó.
- Seguro que puede esperar – suspiró Gerard.
- Señor, los goros han atacado y están invadiendo la zona norte del reino.
El semblante de Gerard cambió de profunda calma a enajenación y estupor. Los goros, la raza más antigua del continente, temida y despreciada a partes iguales, finalmente se había dignado a atacar. Desde que se convirtió en el señor de la guerra a las órdenes del rey hace infinidad de años, había estado deseando que llegara ese momento. Se levantó y caminó todo lo rápidamente que le dejaba la voluminosa armadura en dirección a la sala de la guerra.

Por muy rápido que quisiera ir, tenía que recorrer el castillo de punta a punta con una pesada armadura sobre sus hombros, así que tuvo tiempo para pensar y adelantar estrategias. Sabía que el enemigo no iba a ser fácil de derrotar, pero confiaba en sus hombres. Un poderoso ejército que había entrenado y preparado personalmente. El rey no tenía ambiciones conquistadoras, pero le dio total libertad para crear la fuerza defensiva que estimase oportuna, temiendo quizá que un día como éste llegase.
Caviló sobre distintos frentes de defensa, aprovechando el conocimiento del terreno a su favor. Imaginó decenas de trampas bastantes ingeniosa que quizá le podrían salvar algunas bajas e incluso algún combate. Se planteó incluso la utilización de la magia que tantas veces le habían ofrecido los hechiceros reales. No confiaba en nada que no pudiese luchar con su propia espada, y una temible bola de fuego estaba en esa lista.
También se preguntó por los posibles motivos de que el ataque se produjese en ese momento. No es que le importase demasiado ahora que el momento de destapar las cartas había llegado, pero la posibilidad de que contaran con alguna ventaja inesperada que les hiciese asegurarse su victoria, le inquietaba.

Llegó a la sala de la guerra abriéndola de un portazo (Gerard siempre pensaba que la presencia era ganar la mitad del combate), pero para su sorpresa no había nadie. La sala, especialmente diseñada para planificar estrategias y mantener un punto de control y coordinación de las tropas estaba vacía. Los mapas se encontraban enrollados y las numerosas puertas por las que debían llegar y salir mensajeros de todas direcciones recibiendo informes y enviando órdenes, estaban cerradas.
- ¡¿Qué significa ésto?! – preguntó enfurecido al aire. No obtuvo más respuesta que su propio eco sobre los murales que representaban lides épicas en la historia del país. Con la indignación rebosando por su armadura, salió de la sala en dirección a la cámara del trono, a pedir explicaciones directamente a su majestad, y no pensaba irse de allí sin que alguien recibiera un castigo por lo que él consideraba una falta de respeto grave.

A la cámara del trono irrumpió esta vez menos violentamente, ya que allí él no tenía ninguna jurisdicción ni debía aparentar ser mejor o tener más aplomo que el mismo rey.
- ¡Majestad! Me habían alertado de una invasión al reino, pero la sala de guerra se encuentra vacía. ¿Me puede explicar que está ocurriendo aquí? – preguntó a la figura sentada sobre el torno. Pero no obtuvo respuesta. La figura sentada tenía la cabeza apoyada sobre su brazo y la corona levemente caída sobre sus ojos, pero no emitió sonido alguno.
- ¿Mi rey? – preguntó tembloroso mientras se acercaba paso a paso hacia él. Alargó su mano para tocarle temiéndose lo peor, pero antes de que pudiera tocar su fría y mortecina piel, el cadáver se desplomó sobre él. Gerard se revolcó todo lo ágil que su armadura le permitía y apartó el cuerpo a un lado. El rey yacía ahora boca abajo delante de su propio trono, mientras un charco de sangre crecía bajo él.
- ¡Mierda! – exclamó. Una aguda y leve risa le contestó desde detrás de las cortinas de terciopelo que estaban detrás. Para cuando tuvo tiempo de llevar la mano hacia la empuñadura de su espada, una decena de pequeños seres ataviados en túnicas le rodeó rápidamente. A pesar de su inofensiva apariencia, los goros eran extremadamente fuertes, hábiles con la espada corta y muchos de ellos manejaban la magia con la misma soltura que se vestían por las mañanas, aunque no solían utilizarla por considerarla indigna.
- ¿Tú debes ser Gerard, verdad? Nuestros espías infiltrados nos advirtieron que no tardarías en acudir en defender a tu patético rey – dijo escupiendo sobre su cadáver.

En ese preciso instante Gerard ató todos los cabos. Se preguntó cómo había podido ser tan estúpido y confiado. Los goros llevaban planeando ésto muchísimo tiempo, mucho más que él unas estrategias defensivas más propias de un juego de niños que de un reino, que ni siquiera iba a poder poner en práctica. Estaba desolado y se sentía completamente inútil. Acababa de aprender la lección más importante de su vida: una guerra no se libra únicamente en el campo de batalla, y aquella la había perdido antes de empezar.
Alzó la vista y se encontró con las caras de sus enemigos, sonrientes y deseosos.

Categorías:Relatos
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