Muertos
Mañana hará una treintena de años desde mi muerte. Pero no sintáis lástima o pena por mí, ya que fui yo mismo el que se buscó tan trágico destino. Para entender las circunstancias que rodearon mi asesinato, hay que remontarse atrás en el tiempo, mucho más atrás, casi medio siglo hasta el día en el que nací.
- ¡Empuja! ¡Vamos, ya casi lo tienes! – gritaba la matrona, animando a mi madre. Un diminuto pie asomaba y la sangre que lo cubría brillaba bajo la llama de los candiles de aceite y velas de la habitación.
- ¡Maldita sea! – maldijo la criada que estaba ayudando a la matrona – Viene al revés. Esto no es bueno.
- Déjate de supersticiones y ayúdame. Trae más agua caliente, necesitamos que dilate más o el bebé se ahogará antes de nacer. ¡Rápido!
La criada abandonó la habitación a toda prisa en dirección a la cocina, para poner más agua en el caldero y más madera en el fuego. Los gritos de mi madre se escaparon entre las rendijas de la madera de la puerta. Mi padre aguardaba fuera impaciente, en silencio, temiendo que una sola palabra suya pudiera interferir en el parto y complicar las cosas. Su mirada era impasible bajo aquellas cejas pobladas, la misma que si estuviera cortando leña o dando de comer a los caballos del establo. No era una persona fácil de contrariar y aparentemente muy reacio a relacionarse con los demás, pero en aquel momento, si no fuera por la leve oscuridad que envolvía todo, cualquiera podría haber visto unas lágrimas recorrer los marcados surcos de su cara.
- ¡Sigue empujando! ¡Con fuerza! – seguía gritando la matrona, mientras trataba de ayudar a hacer hueco para el bebé pudiera salir.
- ¡¿Qué ocurre?! – preguntó mi madre entre sollozos y lamentos de dolor.
- No sale. Vamos a tener que sacarle por la fuerza – contestó sabiendo lo que aquello implicaba -. Hay que abrir.
El médico de la aldea se encontraba de viaje atendiendo a varias personas enfermas en la otra punta del condado, e incluso con su presencia pocas mujeres había sobrevivido a algo así. La criada lo sabía y miró apesadumbrada a la matrona.
- No hay otra solución. Es la única forma de poder sacarle y salvarle.
- Aún a riesgo de que la madre no sobreviva – añadió la criada -. Quizás deberíamos consultarle a él primero.
- No tiene nada que decidir aquí – sentenció, y se prepararon para la operación. Entre más gritos de agonía si es posible, consiguieron abrir con cuidado de no dañar al bebé. Sin embargo se encontraron con una sorpresa: se trataba de un embarazo doble. Nos sacaron a los dos lo más rápido que pudieron y mientras la criada nos limpiaba, la matrona intentó curar la herida.
Aquella iba a ser la última vez que pude ver a mi madre con vida. La herida por el corte no se cerraba ni mostraba síntomas de curación. La sangre no manaba abundantemente pero lo hacía de forma constante. No llegó a ver el amanecer del siguiente día.
Pero las desgracias no acabaron ahí. Mi hermano, el primero que debía haber nacido siguiendo el orden natural, tenía problemas respiratorios. Sin la presencia de un médico poco pudieron hacer hasta que su corazón se detuvo.
Cualquiera en su sano juicio lo habría perdido ante una situación como ésta, pero no mi padre. Pasó la noche en vela, atento a los acontecimientos y observaba impertérrito cómo la vida de su mujer y del que iba a ser su primogénito se deslizaba por entre sus dedos sin poder hacer nada. De la noche a la mañana lo perdió todo y tan sólo quedaba yo como un recuerdo permanente de tan dolorosa desgracia. La gente del pueblo evitaba acercarse a los alrededores de nuestra casa, alegando que “olía a muerte“.
Si alguien se pregunta como una familia destrozada como ésta puede llevar una vida normal, estáis en lo cierto: no se puede. Desde aquel día, toda mi vida ha estado marcada por los acontecimientos de aquella noche. Mi padre se sentía traicionado, víctima de un engaño en el que había entregado las vidas de las personas que más amaba a cambio de nada. Porque para él me convertí en eso: una gran nada. Provocarme el vacío era la mejor de sus bendiciones porque cuando no lo hacía era para recordarme que yo era el culpable de todas sus desgracias. Yo simbolizada todo lo que más odiaba, y si fuera por él no tendría ni nombre. Y no le culpaba por ello.
- ¡Eres una deshonra para esta familia! Si no llega a ser por ti los dos seguirían vivos – me gritaba sin molestarse en mirarme. Sabía que estaba allí y sabía que le escuchaba.
- Lo sé, padre. Lo siento – me limitaba a contestar cabizbajo. ¿Qué esperaba que hiciera?
- No hay día que no desee que hubieses sido tú el que muriera aquella noche y no ellos dos.
Lo que esperaba era que muriese.
Con mi condición de paria y maldito comúnmente aceptada en el pueblo, el único trabajo que me quisieron dar fue el de enterrador en el cementerio de las afueras. Dijeron que así “la muerte se quedaba con la muerte“. Y así empecé a ganarme la vida rodeado de su ausencia. Desde los diez años aprendí a convivir con muertos, a entenderles, hablar con ellos. Se convirtieron en mis únicos amigos con los que quería pasar todo el día, porque mi padre seguía queriendo que viviera bajo su mismo techo por las noches. Fueron los que me ayudaron a mantener la cordura.
- ¿Y por qué no te deja marchar?
- ¡Eso! ¿Por qué quiere seguir teniéndote cerca si tanto te odia?
- No seáis tan malos con él – contesté yo -. Yo creo que en el fondo me quiere.
- ¡No seas estúpido! Lo que quiere es poder seguir echándote la culpa de todo lo que le pasa, seas o no el responsable.
- Para mí que es él el que se siente culpable y quiere recordarlo todos los días a través de tí.
- Lo dudo mucho – opinó otro que acababa de llegar -. ¿Si desea tu muerte por qué no se lo concedes si tan seguro estás de que es culpa tuya?
- Y-y-yo… – balbuceé.
- ¡Ajá! Lo que me temía. No estás seguro.
- No te imaginas lo bien que se está muerto. Sin preocupaciones, sin responsabilidades, sin resentimientos de ningún tipo. Y todo el mundo te deja en paz.
- ¿Y si la culpa es realmente de él? ¿No debería ser tu padre el que merece la muerte por haberte humillado sin motivo?
Tenían razón. No estaba seguro. Aunque una cosa sí que estaba clara: envidiaba a los muertos. Siempre con cosas interesantes que contar. Sin prisas ni horarios. Con toda la eternidad por delante para hacer lo que quisieran sin importarles nadie más que ellos mismos. ¡Tenía que ayudar a todo el mundo a conseguir esa felicidad! Pero, ¿cómo iba a hacerlo? Nadie me iba a escuchar, así que tendría que compartir mi visión con la gente del pueblo de otra manera. Un plan cobró forma en mi cabeza.
Sabía que la pequeña fábrica de pinturas producía restos tóxicos que sacaban en barriles y se llevaban muy lejos a las montañas. Esperé a que se hiciera de noche para coger la carretilla del granero y acercarme a la parte trasera de la fábrica. Cargué un par de barriles llenos que siempre dejaban los trabajadores para esperar a tener un lote completo de residuos, y me dirigí a los acuíferos. Todos los pozos de la región, los que tenían algunas casas y el grande que había en el centro del pueblo, tomaban su agua de las filtraciones de un lago de tamaño medio en las afueras. Abrí los barriles y volqué todo su contenido en el lago.
- ¡¿Qué haces?! – preguntó mi padre. Me había seguido.
- N-n-n… – me quedé asustado sin poder articular palabra.
- Además de desgraciado, eres tonto. ¡Dime ahora mismo que estabas haciendo! – me gritó a la vez que me tiró al suelo de una bofetada.
- A-Ayudando a la gente a ser feliz – conseguí contestar.
No supe si fue la mera idea de que yo pudiera ayudar a alguien, o si siguió sin creerme, o combinación de ambas, pero cegado por años de rabia contenida se abalanzó sobre mí y descargó su frustración y su odio a través de sus puños. No hice mucho por evitarlo o defenderme de algo inevitable.
Con la cara completamente desfigurada, el labio inferior partido y los ojos ensangrentados, yacía sobre el suelo al lado de la carretilla. Pude sentir cómo unas gotas intentaban inútilmente limpiar la sangre que me cubría, pero no eran de lluvia, sino sus lágrimas.
- Hijo mío… Lo siento… – farfullaba incomprensiblemente.
- Nunca más – susurré sacando mis últimas fuerzas para proyectar las palabras.
- ¿Qué dices? – preguntó mi padre secándose las lágrimas con las mangas.
- Nunca más – volví a susurrar levemente.
- ¿Nunca más qué, hijo?
Pero mi cuerpo ya no respondía. Dejé de respirar al tener los pulmones encharcados por la sangre de las heridas internas.
- ¡¿Nunca más qué?! – gritó mientras sacudía mi ya inerte cuerpo, exigiendo una respuesta a los muertos.
- Nunca más volverás a humillarme.
Mañana hará una treintena de años desde mi muerte. Pero no sintáis lástima o pena por mí. Por fin los residuos tóxicos que filtré al lago han hecho mella en la población y todos están cayendo enfermos. Pronto seremos una familia completa de nuevo y podremos ser felices, para siempre.
Relato presentado al III Certamen de Calabas en el Trastero: Poe, pero que desgraciadamente no ha resultado seleccionado.
Me parece que esta vez calabazas en el trastero tiene que tener un nivel altisimo para no incluir este relato
me lo he leido dos veces mas en busca de una razón y no veo mas que esa.
Solo es la opinin de unBardo pero a mi me ha encantado, un saludo El Bardo.
Para empezar, no es un certamen ni un concurso. Es una selección. Nadie se lleva ningún premio ni nada. Este punto ha de quedar muy claro.
En segundo lugar, te diré que tu relato me encantó, y no porque seas tú. Es siniestro, tiene esa sencillez que tanto admiro de ti y se despega bastante de la fuente de inspiración.
Un beso, bello,
Mun