El suspiro del cerdo
Aquel prometía ser un verano más, igual que los últimos, para Victor. Y el día que su abuelo se fue a hacer la matanza no le pareció diferente, así que insistió en acompañarle. Su moralidad aún verde no le permitía ver con claridad en qué consistía exactamente la matanza de un cerdo. Imaginaba divertido una máquina por la que entraba el cerdo con cara de desconcierto por un lado, y por el otro salían los chorizos, patés y patas curadas dispuestos como si fuera una cesta de Navidad.
Mientras su abuelo y otro del pueblo tomaban un café esperando a un tercero, Victor se acercó a la cuadra. El cerdo en cuestión se encontraba separado del resto, ajeno a su futuro inmediato. No tenía nada para comer, así que allí estaba erguido sobre sus cuatro patas mirando al infinito.
Por fin llegó el momento. Los tres se acercaron lentamente al cerdo intentando acorralarle, pero el animal, intuyendo que aquello no era normal, les miraba nervioso. Intentó salir corriendo entre dos de ellos, pero era demasiado tarde. Le agarraron de las patas y, apoyando todo su peso sobre ellas, impedían que se pudiera levantar por más que forcejease. El tercero se acercó rápidamente con un garfio en la mano.
Victor observaba atentamente. La escena le parecía divertida y por el momento no veía ninguna diferencia a cuando jugaba con su perro. Pero, ¿qué significaba aquel garfio? Por un instante pensó que se trataba de algún tipo de arma que mágicamente, al tocar el cerdo, caería instantáneamente muerto. Durante un instante lo pensó, hasta que lo clavó en el cuello del animal. Victor no podía estar seguro porque no lo vio directamente desde su posición, pero el chorro de sangre que empezaba a caer al suelo era suficiente prueba. Eso y el chillido. Un chillido agudo y desgarrador como nunca había oído antes, y que aún resonaría por su cabeza muchos años después.
Intentó taparse los oídos pero era inútil. El sonido era tan penetrante como el filo que los provocaba. No le quedó más remedio que irse, de vuelta a casa de sus abuelos casi en la otra punta del pueblo. Aún así podía haber jurado que oía los chillidos entre el crujir de ramas de los bosques colindantes. Estaba más aturdido que asustado.
Dejo pasar un buen rato tratando de sacar el sonido de su cabeza sin éxito, así que decidió regresar. No sabía bien por qué, pero necesitaba saber cómo iba a terminar todo. Cuando volvió, todo parecía estar igual, solo que el cerdo yacía inerte en el mismo sitio y un gran balde recogía la sangre que aún manaba abundantemente de su cuello. Una vez parecía solo salir un hilillo rojo de la brutal herida que degollaba al animal, entre los tres lo desplazaron hacia un lugar habilitado en el otro extremo de la cuadra con una gran mesa apoyada sobre barriles. La mole de más de trescientos kilos descansaba ahora sobre ellos. Victor se quedó allí contemplándolo mientras el resto se fue a buscar las herramientas y prepararlo todo.
El silencio inundó el sitio, a excepción de los miles de insectos que revoloteaban por el lugar en busca de comida entre los desperdicios del resto de animales. La atmósfera era asfixiante y el olor asqueroso. Quería tocarlo, comprobar si aún seguía caliente, pero no se atrevía. Dio un paso para acercarse más cuando el cerdo suspiró. No fue una simple exhalación de aire, si no que pudo oír cómo tomó aire rápidamente y lo expulsó lentamente. La cara de terror de Victor era todo un poema. Temía que en cualquier momento el cerdo se levantase y cargara contra él como la única persona que se encontraba allí en ese momento. Pero no se movió, siguió tumbado sin mover ni un músculo. Victor contenía la respiración. No sabía que hacer, ¿daba la alarma? ¿salía corriendo? Sus pensamientos iban rápidos pero ninguno pasaba la barrera del convencimiento. Un nuevo suspiro exactamente igual que el otro le volvió a congelar. Esta vez lentamente daba pasos marcha atrás en dirección a la puerta, que se iban acelerando según se iba alejando. Se quedó a un par de metros de la puerta, esperando que en cualquier momento el animal saliera corriendo por ella y tuviera que esquivar una posible embestida. Pero no ocurrió nada.
Su abuelo apareció en ese momento con varios cuchillos y hachas.
- ¿Qué haces aquí fuera? – preguntó según pasaba por delante de él.
- El cerdo… ha suspirado – contestó tembloroso.
- Sí, claro, de pena – rió.
- ¡Que sí! ¡De verdad! ¡Ha suspirado! – volvió a decir con la voz un poco más alta reafirmándose en que decía la verdad.
- Habrán sido gases. Aire que tiene el cerdo dentro.
- O espasmos. A veces quedan reflejos después de morir – añadió otro que llegó con un soplete en la mano.
A Victor no le convencía ninguna de las dos explicaciones. Él sabía lo que había visto, y se quedó en el marco de la puerta observando como manipulaban al animal. Con el soplete fueron quemando todos los pelos de la piel, llenando la estancia a un olor raro, pero no del todo desagradable. El resto ya fue todo casquería y olor nauseabundo de entrañas.
Aquella noche, Victor soñó con un cerdo que suspiraba por el amor de su cerda, a la que ya no volvería a ver nunca más.
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