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Archivo para 10 agosto 2010

El protector

Martes 10 de agosto de 2010 2 comentarios

Si llegaba a la espesura podría salvarse. Herbert vio como un muro de árboles se alzaba ante él tras sobrepasar la pequeña colina. Corría todo lo que le permitían las piernas, pero la huída estaba siendo larga y el cansancio era como una losa sobre su cuello. Estaba perdiendo reflejos y no pudo evitar tropezar con una rama. El último tramo del camino antes de adentrarse en el bosque no lo realizó con los pies.

La cantidad de árboles era inmensa y daba la sensación de algo infranqueable y ominoso. Se levantó rápidamente y ahora más despacio para esquivar ramas, raíces y troncos se metía más y más en lo más profundo, donde la luz le costaba llegar con la esperanza de que sus perseguidores no pudieran seguirle allí dentro. Él mismo habría abandonado si su objetivo se hubiese desvanecido entre los árboles. Los caballos no pueden seguir y el esfuerzo no compensaba.

Siguió, esta vez caminando con la mirada fija hacia adelante. A donde quiera que mirase sólo veía árboles, viejos y robustos troncos irregulares, cubiertos por enredaderas y musgo. Tenía el aspecto de un lugar milenario que había permanecido inalterado durante muchísimo tiempo. La humedad en el aire era creciente y tenía la sensación de que le faltaba oxígeno entre tanta vegetación respirando al mismo tiempo en un sitio claustrofóbico. Pero cuando se detuvo porque la visión se le tornaba blanquecina notó una humedad creciente por su ingle. Bajó la vista y con la mano palpó un líquido caliente. Se acercó la mano manchada a la cara y cerró los ojos de rabia.
- ¡Mierda! – exclamó en voz alta a pesar de que sabía que nadie le podía oír. La herida en su vientre era considerable y manaba sangre de forma constante. No estaba seguro de cuándo se la habían causado, pero era claro que estaba producida por un arma de fuego. – ¡Joder! – volvió a gritar – ¿qué voy a hacer ahora? Herbert, ¡piensa! – se dijo a sí mismo.
Caminó unas decenas de pasos antes de desplomarse sobre sus rodillas. Ahora que la sangre circulaba más lenta por su cuerpo, éste renunciaba ahora a hacer más esfuerzos ignorando los daños. Se encontraba débil y aunque no era médico tenía la certeza de que en mitad de un bosque sin asistencia urgente podría cerrar los ojos para siempre sin darse cuenta en cualquier momento.
Se arrastró un par de metros hasta la base del árbol más próximo. Tenía un tronco amplio, no abarcable por los brazos y en su base las raíces habían formado la forma caprichosa de un regazo, ideal para recostarse en aquel momento.

Tras unos breves segundos en los que Herbert aspiró profundamente para recoger todo el oxígeno que tuviera cerca, un crujir de ramas le sobresaltó.
- No te queda mucho tiempo – sonó una voz áspera, como si cada sílaba fuera producida por el lijado de dos trozos de madera entre sí. Si no hubiese sonado tan cerca la habría confundido con el ruido natural del bosque y sus pequeños habitantes.
- ¿Qui… quién ha… dicho eso? – preguntó Herbert con la voz entrecortada, mezcla del sobresalto y de los jadeos por el cansancio. Se intentó incorporar un poco, pero sólo pudo levantar la cabeza unos centímetros y girarla en todo su alrededor buscando la fuente de aquella voz. No vio a nadie. Como si de un acto reflejo fuera miró hacia arriba, hacia el maremágnum de ramas que formaban todos los árboles para filtrar el sol. No sería la primera vez que le emboscaban desde las alturas. Pero tampoco había nadie.
- No malgastes tus fuerzas – volvió a decir la misma voz. Esta vez Herbert se esforzó por intentar deducir su procedencia, y aunque parecía imposible, parecía venir del mismo interior del árbol sobre el que estaba recostado.
- ¿Hay alguien ahí dentro? – preguntó proyectando su voz hacia el árbol, imaginando que si había alguien dentro del tronco le costaría oírle a través de la madera.
- ¿Acaso hay alguien dentro de tí aparte de tú mismo? – respondió el árbol. Herbert creyó ver como un par de pliegues de su corteza se movían levemente para articular los sonidos.
- ¿Qué clase de invento es éste? ¿Cómo un árbol puede hablar? – preguntó nervioso. Estaba asustado, muy asustado, pero aunque quisiera no tenía las fuerzas para salir huyendo de nuevo. Al fin y al cabo aún no le había atacado y no parecía ser hostil.
- Ahorra tus preguntas. No te queda mucho tiempo y no deberías malgastar tus escasas fuerzas con ellas – respondió. Herbert se llevó instintivamente la mano de nuevo a la herida en su vientre. Cada minuto que pasaba, el efecto de la anestesia natural que producía su cuerpo se disipaba, y ahora le dolía como si tuviera un hurón dentro de él jugando con sus tripas. Intentaba detener la hemorragia, pero era inútil. Ya había perdido mucha sangre.
- Yo… – empezó a decir, pero una tos repentina le interrumpió. Sangre desde su boca salpicó el árbol.
- No soy un árbol corriente. Protejo el bosque y a todos los que moran en él. Unta tu herida con mi savia y se curará. No pierdas tu tiempo.
La voz del árbol era áspera, muy áspera. Y cada palabra suya que oía le resultaba más desagradable dentro de su cabeza. Era como oír hablar a un anciano asmático y fumador con la garganta atravesada por una rama. En su interior no se fiaba, pero no tenía nada que perder. Su vida ya la estaba perdiendo irremediablemente.

Sacó una navaja que escondía dentro de su bota. La abrió y la clavó cerca de la base del árbol como si estuviera apuñalando a un moribundo que no se movía. Amplió el agujero hurgando con el filo y con algo de fuerza la sacó. De entre la corteza empezó a manar un líquido rosado. Si no estuviese tan próximo a la muerte y ser propenso a los delirios habría jurado que era sangre y savia blanca mezcladas. Cogió un poco con los dedos y se lo aplicó sobre su herida con mucho cuidado de no provocarse más dolor.

El escozor fue punzante. El grito cortante. El dolor inimaginable. Cayó boca arriba con los ojos cerrados. Tras unos instantes con todos los sentidos bloqueados, poco a poco fue recuperando el control. Abrió los ojos y volvió a ver la telaraña de ramas que formaban el techo del bosque. Seguía vivo.
Se reincorporó y para su sorpresa el dolor parecía haber cesado, y por completo. Se palpó lentamente y comprobó atónito como donde antes había una ventana hacia su interior, ahora había una suave cicatriz. Menos visible incluso que otras que tenía por diversas trifulcas. Seguía cansado, la sangre que había perdido seguía sin ella, pero al menos ya no estaba en el abismo de la muerte.
- ¡Increíble! – exclamó – ¡Estoy curado! – gritó con evidente alegría. – ¿Cómo es posible?
Pero el árbol guardó silencio. ¿Lo habría imaginado? ¿Estaba delirando? ¿Había muerto realmente y todo aquella era un producto de su imaginación? Herbert estaba confuso, pero muy agradecido. Parecía que las cosas podían mejorar desde aquel momento.

Se levantó del todo con cuidado. Estaba agotado, pero podía andar a un ritmo despacio. Se iba a poner en marcha cuando una pequeña molestia en su estómago le asaltó. Se dio cuenta de que ya no recordaba cuándo había sido la última vez que había comido, y achacó su malestar al hambre. No tenía nada encima para echarse a la boca, pero entonces recordó algo que estudió cuando era pequeño. Miró de reojo el corte que había hecho al árbol, del que aún salía un pequeño hilillo del líquido rosado, y pensó que aquella savia podría ser nutritiva para él también. Arrimó la boca directamente sobre el agujero y empezó a sorber para beber. El sabor era extraño. No se parecía nada que hubiese probado nunca, pero no era desagradable en su paladar. Bebió todo lo que pudo y se levantó satisfecho.

Decidió ponerse en marcha cuando la molestia en su estómago volvió de nuevo, pero esta vez más fuerte y con dolor. Herbert se asustó porque si no era hambre sólo podía significar algún tipo de enfermedad. Cuanto antes encontrase ayuda antes encontraría una cura. Necesitaba salir de aquel bosque.

No había dado un par de pasos cuando el dolor en el estómago regresó, más fuerte que nunca. Herbert se agachó y se retorció de dolor. Un bulto parecía crecer cerca de donde ahora estaba su nueva cicatriz. Algo quería salir. Sentía que algo le desgarraba por dentro, al igual que sus gritos. Finalmente cedió y de su cicatriz creció en cuestión de instantes una rama de árbol. Una rama con otras pequeñas ramas que brotaban de ella y completamente cubierta de hojas.
- ¡¿Pero qué demonios?! – gritó con el pánico grabado en cada parte de su cuerpo. Intentó salir corriendo, pero su rama se enganchó con otro árbol. Sentía el roce desde su nuevo apéndice. Fue en ese momento cuando lo entendió. Se fijó en el resto de árboles de su entorno. Todos tenían en alguna parte un rostro humano tallado en la madera, congelado y erosionado por el paso del tiempo. Alguno apenas podían distinguirse algunas facciones, cubiertos por musgos y enredaderas, y ramas creciéndoles desde cualquier sitio.

Estaba fuera de sí. Dispuesto a arrancarse de cuajo su rama cuando de repente el dolor regresó, pero esta vez lo sentía por todo su cuerpo, como si algo creciese dentro de él. Sintió algo en su garganta y sus reflejos le obligaron a toser. De su boca salieron un par de hojas verdes.
- ¡Noooooooo! – fue lo último que pudo decir antes de que otra rama, aún más grande que la anterior le saliera desde su garganta. Parecía que hubiese sido empalado por un árbol. En apenas unos pocos segundos después, la trasformación fue completa.

- Bienvenido, Herb… al. ¡Ja, ja, ja, ja! – dijo al fin el árbol, seguido de carcajadas que parecían crujir de ramas.
La visión de Herbert se tornó borrosa cuando un caracol dejó su rastro viscoso por lo que habían sido sus ojos, ahora tallados para siempre en madera.

Relato presentado al VI Certamen de Calabazas en el trastero cuya temática se encuentra centrada en bosques, pero desgraciadamente no resultó seleccionado.

Categorías:Relatos
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