Archivo

Archivo para la Categoría "Relatos"

Tumba abierta (I)

Viernes 6 de enero de 2012 Deja un comentario

El despertar fue abrupto. Me incorporé todo lo rápido que pude pero tuve que hacer fuerza para conseguirlo. Estaba cubierto por un palmo de tierra de la cabeza a los pies. Me sacudí la cabeza y ayudé con las manos a retirar toda la tierra que tenía por la cara y pelo. Con los ojos despejados miré a mi alrededor.

Estaba dentro de una tumba excavada burdamente con las manos y apenas cubierto con algo de tierra. Parecía hecha con mucha prisa. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Por qué estaba enterrado? Me giré y detrás de mí había un par de maderas clavadas en forma de cruz haciendo la función de lápida. Un nombre estaba escrito sobre el tablón horizontal escarbado sobre la madera con algo punzante.

Ponía Edward Blake. No era mi nombre.

Leer más…

Categorías:Relatos

Conversación nonata

Lunes 31 de octubre de 2011 3 comentarios

- Levanta la vista y dime qué ves.
- N…nada.
- ¿Nada?
- Bueno. La calle.
- ¿Sólo éso?
- Y coches y casas.
- ¿Coches y casas?
- Sí. La calle, coches, edificios, árboles, farolas…
- Dado que te cuesta tanto ver lo que está a la vista, yo te diré lo que no está a la vista. Estos coches tienen un motor de combustión que funciona a miles de revoluciones con precisión milimétrica, las farolas convierten energía eléctrica en luz, los edificios tienen toda una instalación de tuberías para el agua, la electricidad y calefacción y miles de ladrillos que los mantienen en pie decenas o incluso cientos de años.
- ¿Y?
- ¿Y? ¿Cómo que “y”? ¿No te das cuenta? ¿Quién te crees que ha hecho todo éso?
- Personas supongo, pero no sé a dónde quieres llegar.
- Las correas y engranajes que llevan esos coches fueron inventados hace más de dos mil años, la electricidad descubierta hace casi doscientos años, los edificios siguen la misma estructura que hace miles de años.
- ¿Qué me quieres decir? ¿Qué ya está todo inventado?
- No eres más tonto porque no has nacido aún. Lo que quiero decir es que el ser humano es maravilloso. Miles de años de cultura han conseguido construir una pirámide de conocimientos que permite que alguien ahora mismo esté construyendo algo basado en lo que alguien, en otra parte del mundo y posiblemente en otra época, descubrió, y que a su vez posiblemente se haya basado en los descubrimientos de otra persona.
- Visto así…
- De lo que quiero que te des cuenta es que el ser humano es grandioso. Es único en todo el universo conocido y capaz de hacer cosas inimaginables. Ni siquiera una afanosa hormiga arquitecta de colosales nidos puede igualar su imaginación y capacidad de adaptación.
- Tan bueno no será si rara vez es feliz.
- Sí, bueno. Hay un detalle. El problema es el medio. El medio con el que conseguir ese fin de superación. Cada uno tiene su propia motivación. Unos lo hacen por puro egoísmo, dinero y sensación de superioridad. Otros lo hacen por simpatía al prójimo, por amor al arte o simplemente porque les gusta superarse a sí mismos. Y por supuesto hay términos medios.
- En resumen, el ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor, ¿no?
- Sí, pero no te olvides de una cosa: lo que hace la distinción es la motivación de cada uno. Cuando salgas ahí fuera recuerda por qué haces las cosas, qué es lo que te empuja a un fin. Puedes ser el siguiente que revolucione el mundo de la física, o descubra una nueva vacuna, pero lo importante es por qué lo haces: por tí o por los demás.
- Lo recordaré.
- No lo harás, igual que todos. Una vez cruces el umbral del nacimiento te olvidarás de todo. Tan sólo espero que los que estén al otro lado te enseñen lo mismo. Buena suerte.

Categorías:Reflexiones, Relatos

Realidades

Martes 25 de octubre de 2011 4 comentarios

- ¿Has tenido alguna vez la sensación de percibir algo que no existe?

- ¿A qué te refieres? – preguntó extrañado.

- Sí. Algo que sabías que no era real pero tus sentidos te intentaban decir que estaba allí.

- ¿Te refieres a una película en 3D? ¿O a uno de esos dibujos que hay que quedarse bizco para distinguir algo?

Manfred rió. Apenas fueron un par de carcajadas, pero era la primera vez que Jack le veía tan distendido. Siempre había sido un estirado, pero en aquel momento parecía que había perdido la escoba que tenía metida por el culo.

- No, no. Me refiero a la realidad. Cruzar un semáforo y sentir a la vez como eres atropellado y cómo llegas sano y salvo al otro lado. Despertarte por la mañana y sentir a la vez como sigues en la cama y cómo te diriges hacia el baño. Me refiero a a percibir realidades alternativas.

Jack se quedó en silencio. No sabía si le estaba tomando el pelo o realmente Manfred estaba convencido de lo que decía. Por un momento dudó sobre qué responder.

- No… No recuerdo haber tenido esa sensación – respondió pausadamente remarcando la palabra tal y como la había usado Mandred en primer lugar.

- Lástima – respondió a la vez que se apoyaba sobre el respaldo de la silla -. Es algo fascinante – musitó mientras su mirada se perdía en otros pensamientos y recuerdos lejanos -. En cualquier caso necesito que vengas conmigo. Por eso te he llamado – sonrió de nuevo.

- ¿A mí? ¿Por qué? Es decir – corrigió -. No te lo tomes a mal. Tú y yo nos conocemos desde hace muchos años, pero nunca hemos tenido lo que se suele decir… confianza.

- Eso ahora mismo es irrelevante. Te necesito a tí y ahora. ¿Puedes hacerme este favor? – se puso serio de repente. Aquellos cambios de humor repentinos no ayudaban a que Jack se sintiera más confiado, pero al fin y al cabo Manfred siempre fue raro. Raro y brillante.

- Bueno – dudó -. Dime antes qué tengo que hacer.

- Nada. Sólo tienes que acompañarme y ser testigo de un experimento mío. No te preocupes, no es nada peligroso para tí – añadió rápidamente al ver la cara de preocupación y sospecha de Jack.

“Para tí” repitió Jack en su cabeza. ¿A qué se refería con eso? ¿Era peligroso para otro? ¿Para Manfred quizás?

- Bueno – respondió Jack sin demasiada seguridad.

- Excelente. Vayamos al laboratorio inmediatamente.

Pagaron la cuenta de la cafetería y fueron caminando hacia el edificio del laboratorio. La universidad tenía un campus enorme, pero el laboratorio subterráneo ocupaba la totalidad de su superficie bajo tierra. Eran la envidia del resto de universidades del país, y muchos de los avances actuales de la ciencia moderna tenían lugar allí. Jack nunca se arrepintió de abandonar la carrera, pero aquello le dejaba un regusto amargo en el fondo de la boca.

Después de decenas de puertas de seguridad, un par de ascensores y tres controles de seguridad, al fin llegaron a la parte del laboratorio donde Manfred realizaba su trabajo.

- Bienvenido a mi reino.

Leer más…

Categorías:Relatos

Microrrelatos (VIII)

Viernes 6 de mayo de 2011 2 comentarios

Microrrelato presentado al V Certamen de Relatos Breves organizado por Renfe Cercanías de Madrid bajo el título “Flechazo fugaz“.

El tren en sentido contrario pasó a toda velocidad. No pude ver nada, pero durante tan sólo un instante los dos trenes estuvieron separados únicamente por la distancia entre las dos v¡as. Y fue suficiente para sentirte. Estabas ahí. Durante unas milésimas de segundo estuvimos a escasos metros el uno del otro. Pero ahora te alejas, a la misma velocidad a la que nos acercamos. Toda una vida de amor y desamor reducida a un viaje. Espero que cuando llegues empieces tu viaje desde el mismo punto que yo, porque yo también seguiré tus pasos.

Desgraciadamente no resultó ganador ni finalista.

Categorías:Relatos

Nadie se acuerda de los segundones

Martes 22 de marzo de 2011 2 comentarios

Nadie se acuerda de los segundones.

Esa frase, dicha por mi madre, fue la desencadenante de todo. Era la chispa que necesitaba para encenderme y tomarme en serio todo aquello, como debí hacer desde el principio.

Hacía pocos meses que aquellos tipos consiguieron cruzar el océano Atlántico tan sólo con su avioneta y su mutua compañía. Cientos de flashes alumbraron su salida desde Estados Unidos y miles iluminaron su llegada a Europa. La noticia cruzó el charco más rápido de lo que lo habían hecho ellos. Los niños no hablaban de otra cosa y todos querían emularles, seguir sus pasos. Pero sólo eran éso: niños y sus fantasías. Yo por el contrario acababa de cumplir la mayoría de edad y mi afición por la mecánica y la aeronáutica me permitían estar más cerca del sueño que el resto.
Nadie se acuerda de los segundones. ¿Por qué hacerlo entonces? Ya no podía hacer la hazaña antes que nadie, pero quizás sí más rápida. Me pasé varias semanas modificando el motor de mi pequeña avioneta, que junto con la sustitución de algunas piezas por otras más ligeras, conseguiría reducir significativamente el tiempo del viaje.

El día que decidí partir no había flashes ni periodistas. Tan sólo el notario para certificar la fecha y hora de mi salida, y mi hermana pequeña, ya que mi madre se negó en rotundo apoyarme en aquella locura. Algún operario despistado del aeródromo también se unió curioso a ver mi despegue.
La maniobra no era distinta de las cientos de veces que ya lo había hecho en mis numerosas prácticas, pero sí lo que significaba. Hasta aquel momento, aferrado a la palanca de control, no me dí cuenta de lo que suponía. Podía morir y nadie nunca iba a encontrar mi cadáver. Supuse que me darían por desaparecido y después de un tiempo me darían por muerto. Celebrarían un entierro simbólico con alguna de mis pertenencias, ya que no habría otra cosa que enterrar. Podía incluso imaginarme las lágrimas de mi madre, vestida de negro y diciendo entre sollozos que ya me lo advirtió. Pero aquellas lágrimas no eran imaginarias. Eran las mías en ese momento. Afortunadamente nadie pudo vérmelas desde la cabina. Me las sequé con la manga mientras me convencía a mí mismo de que era demasiado tarde para abandonar.
Pero lo que más miedo me daba no era la posibilidad de morir, o la humillación de mi madre o todos los que conocía, si no de mí mismo. Tenía miedo de no saber qué hacer, de no encontrar mi propósito si no perseguía aquel sueño. De que si no hacía aquello me iba a arrepentir toda mi vida y jamás conseguiría nada de éxito en la vida.
Respiré hondo y presioné el acelerador. El rugido ensordecedor de las hélices me ayudó a no pensar en otra cosa. Me dirigí hacia la pista y dediqué una última mirada a mi hermana que estaba llorando, al notario que miraba con seriedad su reloj mientras arqueaba una ceja, y a aquel desconocido que sonreía sin saber muy bien quién era yo o qué pretendía.

No pude comprobarlo, pero estoy seguro que allí se quedaron hasta que mi avioneta fue lo suficientemente pequeña para no distinguirla en el cielo.

No quiero aburrir con detalles técnicos, pero sólo quiero añadir que no lo conseguí. Poco después de las 48 horas del despegue, una pequeña tormenta eléctrica inutilizó el sistema de control de la avioneta forzándome a realizar un amerizaje de emergencia en mitad de ninguna parte. Todo es agua y niebla en cualquier dirección. Escribo estas palabras en el reverso de la carta de navegación, ahora ya de ningún uso. Poco tiempo quedará hasta que la avioneta se hunda del todo y yo con ella, pero confío en que me de tiempo a terminar esta botella de vino que llevaba reservada para mi llegada. Servirá para mitigar el proceso de congelación en estas frías aguas y para meter mis últimas palabras en ella con la esperanza de que alguien las encuentre. Si estás leyendo ésto quiero que se lo entregues a mi familia pero no lo hagas público a ningún medio de comunicación, para que nadie se acuerde del segundón que nunca llegaré a ser.

Inspirado por la heroica hazaña de aquellos que lo consiguieron en 1919, tan sólo 16 años después de que los hermanos Wright elevaran unos pocos metros la imaginación de toda la humanidad.

Categorías:Relatos
Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 48 seguidores