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Archivo para la Categoría "Relatos"

El suspiro del cerdo

Lunes 18 de enero de 2010 4 comentarios

Aquel prometía ser un verano más, igual que los últimos, para Victor. Y el día que su abuelo se fue a hacer la matanza no le pareció diferente, así que insistió en acompañarle. Su moralidad aún verde no le permitía ver con claridad en qué consistía exactamente la matanza de un cerdo. Imaginaba divertido una máquina por la que entraba el cerdo con cara de desconcierto por un lado, y por el otro salían los chorizos, patés y patas curadas dispuestos como si fuera una cesta de Navidad.
Mientras su abuelo y otro del pueblo tomaban un café esperando a un tercero, Victor se acercó a la cuadra. El cerdo en cuestión se encontraba separado del resto, ajeno a su futuro inmediato. No tenía nada para comer, así que allí estaba erguido sobre sus cuatro patas mirando al infinito.

Por fin llegó el momento. Los tres se acercaron lentamente al cerdo intentando acorralarle, pero el animal, intuyendo que aquello no era normal, les miraba nervioso. Intentó salir corriendo entre dos de ellos, pero era demasiado tarde. Le agarraron de las patas y, apoyando todo su peso sobre ellas, impedían que se pudiera levantar por más que forcejease. El tercero se acercó rápidamente con un garfio en la mano.
Victor observaba  atentamente. La escena le parecía divertida y por el momento no veía ninguna diferencia a cuando jugaba con su perro. Pero, ¿qué significaba aquel garfio? Por un instante pensó que se trataba de algún tipo de arma que mágicamente, al tocar el cerdo, caería instantáneamente muerto. Durante un instante lo pensó, hasta que lo clavó en el cuello del animal. Victor no podía estar seguro porque no lo vio directamente desde su posición, pero el chorro de sangre que empezaba a caer al suelo era suficiente prueba. Eso y el chillido. Un chillido agudo y desgarrador como nunca había oído antes, y que aún resonaría por su cabeza muchos años después.
Intentó taparse los oídos pero era inútil. El sonido era tan penetrante como el filo que los provocaba. No le quedó más remedio que irse, de vuelta a casa de sus abuelos casi en la otra punta del pueblo. Aún así podía haber jurado que oía los chillidos entre el crujir de ramas de los bosques colindantes. Estaba más aturdido que asustado.

Dejo pasar un buen rato tratando de sacar el sonido de su cabeza sin éxito, así que decidió regresar. No sabía bien por qué, pero necesitaba saber cómo iba a terminar todo. Cuando volvió, todo parecía estar igual, solo que el cerdo yacía inerte en el mismo sitio y un gran balde recogía la sangre que aún manaba abundantemente de su cuello. Una vez parecía solo salir un hilillo rojo de la brutal herida que degollaba al animal, entre los tres lo desplazaron hacia un lugar habilitado en el otro extremo de la cuadra con una gran mesa apoyada sobre barriles. La mole de más de trescientos kilos descansaba ahora sobre ellos. Victor se quedó allí contemplándolo mientras el resto se fue a buscar las herramientas y prepararlo todo.

El silencio inundó el sitio, a excepción de los miles de insectos que revoloteaban por el lugar en busca de comida entre los desperdicios del resto de animales. La atmósfera era asfixiante y el olor asqueroso. Quería tocarlo, comprobar si aún seguía caliente, pero no se atrevía. Dio un paso para acercarse más cuando el cerdo suspiró. No fue una simple exhalación de aire, si no que pudo oír cómo tomó aire rápidamente y lo expulsó lentamente. La cara de terror de Victor era todo un poema. Temía que en cualquier momento el cerdo se levantase y cargara contra él como la única persona que se encontraba allí en ese momento. Pero no se movió, siguió tumbado sin mover ni un músculo. Victor contenía la respiración. No sabía que hacer, ¿daba la alarma? ¿salía corriendo? Sus pensamientos iban rápidos pero ninguno pasaba la barrera del convencimiento. Un nuevo suspiro exactamente igual que el otro le volvió a congelar. Esta vez lentamente daba pasos marcha atrás en dirección a la puerta, que se iban acelerando según se iba alejando. Se quedó a un par de metros de la puerta, esperando que en cualquier momento el animal saliera corriendo por ella y tuviera que esquivar una posible embestida. Pero no ocurrió nada.
Su abuelo apareció en ese momento con varios cuchillos y hachas.
- ¿Qué haces aquí fuera? – preguntó según pasaba por delante de él.
- El cerdo… ha suspirado – contestó tembloroso.
- Sí, claro, de pena – rió.
- ¡Que sí! ¡De verdad! ¡Ha suspirado! – volvió a decir con la voz un poco más alta reafirmándose en que decía la verdad.
- Habrán sido gases. Aire que tiene el cerdo dentro.
- O espasmos. A veces quedan reflejos después de morir – añadió otro que llegó con un soplete en la mano.
A Victor no le convencía ninguna de las dos explicaciones. Él sabía lo que había visto, y se quedó en el marco de la puerta observando como manipulaban al animal. Con el soplete fueron quemando todos los pelos de la piel, llenando la estancia a un olor raro, pero no del todo desagradable. El resto ya fue todo casquería y olor nauseabundo de entrañas.

Aquella noche, Victor soñó con un cerdo que suspiraba por el amor de su cerda, a la que ya no volvería a ver nunca más.

Categorías:Relatos

Exploración

Miércoles 22 de julio de 2009 3 comentarios

El comité de emergencia internacional se reunió con carácter urgente aquella misma noche. En la enorme mesa de la sala de operaciones de guerra estaban reunidos los ministros de defensa o equivalentes de multitud de países a lo largo del globo. Cada uno leía con preocupación el contenido del dossier que tenía delante de él.

- ¿Y por qué no se nos había informado antes? – empezó preguntando uno de ellos con cierto aire de indignación. Todos sabían que la situación estaba ahora descontrolada.
- No supusimos que fuera importante y creímos capaces de manejar el problema nosotros sólos… – se justificó el convocante de la reunión, un militar con aires de superioridad cuyas medallas estaban a punto de desbordar su uniforme.
- Y quedaros con cualquier descubrimiento que se hubiera hecho al respecto y adjudicároslo en exclusiva, ¿no? – interrumpió otro en tono desafiante. Los cruces de miradas incriminatorias se sucedieron uno tras otro.
- Y el problema sigue totalmente controlado – continuó elevando el tono de voz -. Pero mucho me temo que ésto no es más que la punta del iceberg y por eso estamos aquí reunidos.

La documentación que cada uno leía cuidadosamente, relataba que hacía cuestión de un par de años empezaron a avistarse objetos volantes no identificados de origen extraplanetario, es decir, alienígenas. Algunos incluso terminaban estrellándose pero sin señal alguna de vida en su interior. Lo más probable es que fueran sondas de reconocimiento o en el mejor de los casos naves extraviadas que por algún motivo terminaban ahí, pero que cada vez se iban sucediendo más frecuentemente. No se había encontrado ningún patrón entre los avistamientos o el diseño de los mismos, a excepción de que ninguno parecía estar tripulado. Y aunque algunos acababan destrozados contra la superficie, otros aterrizaban grácilmente.
Pero todo cambió esa noche. La alarma la lanzaron varios granjeros, cuando vieron como algo caía lentamente desde el cielo cerca de una cordillera montañosa al lado de sus vastos terrenos. El ejército silenció a todo aquel que hubiese presenciado algo y pudiera causar alarma social, y después se aproximó cautelarmente a la zona donde se había posado el objeto. A pesar del fuerte entrenamiento psicológico al que estaban entrenados todos los soldados, la sensación de encontrarse frente a frente con un ser de otro planeta era sobrecogedor. Por muy bien que disimularan, a muchos se les podía ver con temblores en las manos que sujetaban sus armas. Era imposible describir con palabras lo que pasaba por sus cabezas.

- Caballeros, ¿qué hacemos? – preguntó después de dejar un tiempo prudencial para que todos se pusieran al día de los acontecimientos recogidos en el dossier.
- ¿Cómo que qué hacemos? ¡Exterminarlos, por supuesto! – dijo otro dando un golpe en la mesa. A nadie le extrañó aquella reacción pues por todos era sabido que se trataba de un rentable empresario dedicado a la industria armamentística.
- ¿Y provocar un conflicto interplanetario? No me parece lo más lógico dada nuestra posición de visitados y la escasa información con la que contamos.
- Según los últimos informes – comentó -, parece que se están dedicando únicamente a recoger muestras de nuestro suelo y a registrarlo todo con una especie de cámara de vídeo o fotos…
- Que bien podría ser un arma – interrumpió otro para añadir.
- Parece que no nos han visto y se creen que están en un lugar inhóspito y despoblado, así que yo optaría por seguirles sin ser vistos y esperar a que se vayan.

Todos parecían asentir que eso era lo más prudente y que cuando recabaran más información se reunirían de nuevo. En aquel instante, uno de los suboficiales entró trotando en la sala como buenamente podía, mientras cargaba con un montón de carpetas y archivadores que apenas le cabían entre los brazos y le tapaban parte de la visión.
- ¡Disculpen! Creo que he encontrado algo que quizás les interese – dijo por fin al aterrizar sobre la mesa.
- ¿Qué ocurre? Espero que sea importante porque ya habíamos terminado.
- Se trata de una misión de nuestra agencia espacial de hace muchos años – explicó mientras repartía algunos de los documentos que había traído.
- ¿Apollo? ¿Las misiones de exploración de nuestro satélite?
- Sí, si leen con detenimiento verán multitud de similitudes con nuestra situación actual, a excepción de los papeles invertidos.
- Según ésto, entonces sólo tenemos que esperar a que se vayan a cambio de un poco de su basura y con el tiempo se olvidarán de nosotros, ¿no es eso? – concluyó otro con una sonrisa de satisfacción sin levantar la vista de lo que estaba leyendo.
- Hay bastantes posibilidades de que ocurra lo mismo en este caso. Es un alivio.
- Aunque afortunadamente en aquella ocasión no nos encontramos con ningún habitante que nos estuviese observando como hacemos nosotros ahora – bromeó el primero. Todos los demás le siguieron la carcajada, excepto uno.
- Bueno, me temo que eso no es del todo cierto – dijo el director de la agencia de inteligencia y espionaje con semblante serio y apesadumbrado.

Categorías:Relatos

Muertos

Martes 7 de julio de 2009 2 comentarios

Mañana hará una treintena de años desde mi muerte. Pero no sintáis lástima o pena por mí, ya que fui yo mismo el que se buscó tan trágico destino. Para entender las circunstancias que rodearon mi asesinato, hay que remontarse atrás en el tiempo, mucho más atrás, casi medio siglo hasta el día en el que nací.

- ¡Empuja! ¡Vamos, ya casi lo tienes! – gritaba la matrona, animando a mi madre. Un diminuto pie asomaba y la sangre que lo cubría brillaba bajo la llama de los candiles de aceite y velas de la habitación.
- ¡Maldita sea! – maldijo la criada que estaba ayudando a la matrona – Viene al revés. Esto no es bueno.
- Déjate de supersticiones y ayúdame. Trae más agua caliente, necesitamos que dilate más o el bebé se ahogará antes de nacer. ¡Rápido!

La criada abandonó la habitación a toda prisa en dirección a la cocina, para poner más agua en el caldero y más madera en el fuego. Los gritos de mi madre se escaparon entre las rendijas de la madera de la puerta. Mi padre aguardaba fuera impaciente, en silencio, temiendo que una sola palabra suya pudiera interferir en el parto y complicar las cosas. Su mirada era impasible bajo aquellas cejas pobladas, la misma que si estuviera cortando leña o dando de comer a los caballos del establo. No era una persona fácil de contrariar y aparentemente muy reacio a relacionarse con los demás, pero en aquel momento, si no fuera por la leve oscuridad que envolvía todo, cualquiera podría haber visto unas lágrimas recorrer los marcados surcos de su cara.

- ¡Sigue empujando! ¡Con fuerza! – seguía gritando la matrona, mientras trataba de ayudar a hacer hueco para el bebé pudiera salir.
- ¡¿Qué ocurre?! – preguntó mi madre entre sollozos y lamentos de dolor.
- No sale. Vamos a tener que sacarle por la fuerza – contestó sabiendo lo que aquello implicaba -. Hay que abrir.

El médico de la aldea se encontraba de viaje atendiendo a varias personas enfermas en la otra punta del condado, e incluso con su presencia pocas mujeres había sobrevivido a algo así. La criada lo sabía y miró apesadumbrada a la matrona.
- No hay otra solución. Es la única forma de poder sacarle y salvarle.
- Aún a riesgo de que la madre no sobreviva – añadió la criada -. Quizás deberíamos consultarle a él primero.
- No tiene nada que decidir aquí – sentenció, y se prepararon para la operación. Entre más gritos de agonía si es posible, consiguieron abrir con cuidado de no dañar al bebé. Sin embargo se encontraron con una sorpresa: se trataba de un embarazo doble. Nos sacaron a los dos lo más rápido que pudieron y mientras la criada nos limpiaba, la matrona intentó curar la herida.

Aquella iba a ser la última vez que pude ver a mi madre con vida. La herida por el corte no se cerraba ni mostraba síntomas de curación. La sangre no manaba abundantemente pero lo hacía de forma constante. No llegó a ver el amanecer del siguiente día.
Pero las desgracias no acabaron ahí. Mi hermano, el primero que debía haber nacido siguiendo el orden natural, tenía problemas respiratorios. Sin la presencia de un médico poco pudieron hacer hasta que su corazón se detuvo.

Cualquiera en su sano juicio lo habría perdido ante una situación como ésta, pero no mi padre. Pasó la noche en vela, atento a los acontecimientos y observaba impertérrito cómo la vida de su mujer y del que iba a ser su primogénito se deslizaba por entre sus dedos sin poder hacer nada. De la noche a la mañana lo perdió todo y tan sólo quedaba yo como un recuerdo permanente de tan dolorosa desgracia. La gente del pueblo evitaba acercarse a los alrededores de nuestra casa, alegando que “olía a muerte“.

Si alguien se pregunta como una familia destrozada como ésta puede llevar una vida normal, estáis en lo cierto: no se puede. Desde aquel día, toda mi vida ha estado marcada por los acontecimientos de aquella noche. Mi padre se sentía traicionado, víctima de un engaño en el que había entregado las vidas de las personas que más amaba a cambio de nada. Porque para él me convertí en eso: una gran nada. Provocarme el vacío era la mejor de sus bendiciones porque cuando no lo hacía era para recordarme que yo era el culpable de todas sus desgracias. Yo simbolizada todo lo que más odiaba, y si fuera por él no tendría ni nombre. Y no le culpaba por ello.

- ¡Eres una deshonra para esta familia! Si no llega a ser por ti los dos seguirían vivos – me gritaba sin molestarse en mirarme. Sabía que estaba allí y sabía que le escuchaba.
- Lo sé, padre. Lo siento – me limitaba a contestar cabizbajo. ¿Qué esperaba que hiciera?
- No hay día que no desee que hubieses sido tú el que muriera aquella noche y no ellos dos.

Lo que esperaba era que muriese.

Con mi condición de paria y maldito comúnmente aceptada en el pueblo, el único trabajo que me quisieron dar fue el de enterrador en el cementerio de las afueras. Dijeron que así “la muerte se quedaba con la muerte“. Y así empecé a ganarme la vida rodeado de su ausencia. Desde los diez años aprendí a convivir con muertos, a entenderles, hablar con ellos. Se convirtieron en mis únicos amigos con los que quería pasar todo el día, porque mi padre seguía queriendo que viviera bajo su mismo techo por las noches. Fueron los que me ayudaron a mantener la cordura.

- ¿Y por qué no te deja marchar?
- ¡Eso! ¿Por qué quiere seguir teniéndote cerca si tanto te odia?
- No seáis tan malos con él – contesté yo -. Yo creo que en el fondo me quiere.
- ¡No seas estúpido! Lo que quiere es poder seguir echándote la culpa de todo lo que le pasa, seas o no el responsable.
- Para mí que es él el que se siente culpable y quiere recordarlo todos los días a través de tí.
- Lo dudo mucho – opinó otro que acababa de llegar -. ¿Si desea tu muerte por qué no se lo concedes si tan seguro estás de que es culpa tuya?
- Y-y-yo… – balbuceé.
- ¡Ajá! Lo que me temía. No estás seguro.
- No te imaginas lo bien que se está muerto. Sin preocupaciones, sin responsabilidades, sin resentimientos de ningún tipo. Y todo el mundo te deja en paz.
- ¿Y si la culpa es realmente de él? ¿No debería ser tu padre el que merece la muerte por haberte humillado sin motivo?

Tenían razón. No estaba seguro. Aunque una cosa sí que estaba clara: envidiaba a los muertos. Siempre con cosas interesantes que contar. Sin prisas ni horarios. Con toda la eternidad por delante para hacer lo que quisieran sin importarles nadie más que ellos mismos. ¡Tenía que ayudar a todo el mundo a conseguir esa felicidad! Pero, ¿cómo iba a hacerlo? Nadie me iba a escuchar, así que tendría que compartir mi visión con la gente del pueblo de otra manera. Un plan cobró forma en mi cabeza.

Sabía que la pequeña fábrica de pinturas producía restos tóxicos que sacaban en barriles y se llevaban muy lejos a las montañas. Esperé a que se hiciera de noche para coger la carretilla del granero y acercarme a la parte trasera de la fábrica. Cargué un par de barriles llenos que siempre dejaban los trabajadores para esperar a tener un lote completo de residuos, y me dirigí a los acuíferos. Todos los pozos de la región, los que tenían algunas casas y el grande que había en el centro del pueblo, tomaban su agua de las filtraciones de un lago de tamaño medio en las afueras. Abrí los barriles y volqué todo su contenido en el lago.

- ¡¿Qué haces?! – preguntó mi padre. Me había seguido.
- N-n-n… – me quedé asustado sin poder articular palabra.
- Además de desgraciado, eres tonto. ¡Dime ahora mismo que estabas haciendo! – me gritó a la vez que me tiró al suelo de una bofetada.
- A-Ayudando a la gente a ser feliz – conseguí contestar.

No supe si fue la mera idea de que yo pudiera ayudar a alguien, o si siguió sin creerme, o combinación de ambas, pero cegado por años de rabia contenida se abalanzó sobre mí y descargó su frustración y su odio a través de sus puños. No hice mucho por evitarlo o defenderme de algo inevitable.

Con la cara completamente desfigurada, el labio inferior partido y los ojos ensangrentados, yacía sobre el suelo al lado de la carretilla. Pude sentir cómo unas gotas intentaban inútilmente limpiar la sangre que me cubría, pero no eran de lluvia, sino sus lágrimas.

- Hijo mío… Lo siento… – farfullaba incomprensiblemente.
- Nunca más – susurré sacando mis últimas fuerzas para proyectar las palabras.
- ¿Qué dices? – preguntó mi padre secándose las lágrimas con las mangas.
- Nunca más – volví a susurrar levemente.
- ¿Nunca más qué, hijo?

Pero mi cuerpo ya no respondía. Dejé de respirar al tener los pulmones encharcados por la sangre de las heridas internas.
- ¡¿Nunca más qué?! – gritó mientras sacudía mi ya inerte cuerpo, exigiendo una respuesta a los muertos.
- Nunca más volverás a humillarme.

Mañana hará una treintena de años desde mi muerte. Pero no sintáis lástima o pena por mí. Por fin los residuos tóxicos que filtré al lago han hecho mella en la población y todos están cayendo enfermos. Pronto seremos una familia completa de nuevo y podremos ser felices, para siempre.

Relato presentado al III Certamen de Calabas en el Trastero: Poe, pero que desgraciadamente no ha resultado seleccionado.

Categorías:Relatos

Microrrelatos (VI)

Domingo 14 de junio de 2009 1 Comentario

Microrrelato presentado para el concurso “Señales del futuro” con motivo del estreno de la película.

Ni cáncer, ni SIDA, ni lepra, ni gripe. Todos sabíamos que la solución a las grandes plagas de la humanidad estaba cerca, pero el momento definitivo de la cura no llegaba. Más tarde supimos que el retraso estaba inducido por los que controlaban la industria, en un último afán de dosificar sus ingresos con fecha de caducidad. Pero no se detuvieron sólo ahí. La guerra bacteriológica nunca llegó tal y como nos la presentaban las películas, y comenzó el pulso entre los “enfermadores” y los “sanadores”, desatando y erradicando  andemias.

¿Encontraremos la paz algún día? Si nada lo remedia antes, ninguna guerra o ninguna invasión alienígena, seremos los mayores genocidas y suicidas de la historia. Y es que como un gran filósofo de hace muchos años dijo: “El ser humano necesita apoyar su creación sobre la destrucción”.

Microrrelato presentado al II Concurso de Microrrelatos fnac.es con el título “e-Libro“.

El anciano observaba con detenimiento el libro electrónico cuando el vendedor se le acercó.
- ¿Le interesa? – preguntó.
- No sé. Le echo de menos el tacto rugoso de una página de papel.
- No se preocupe – contestó -. Pulsando este botón emite unas microvibraciones que simulan su rugosidad.
- No sé. También echo en falta el olor del papel.
- También han pensado en eso. Con este botón cada cinco minutos emite por este agujero una fragancia a papel.
- Ya - se quedó pensativo el anciano -. ¿Y si el libro me emociona tanto que mis lágrimas mojan el papel y emborronan algunas letras?
- ¿Y por qué iba a querer hacer eso? – preguntó extrañado el comercial -. Yo lo veo como un inconveniente.
El anciano arrugó los ojos, como tratando de contener sus propias lágrimas, y sin decir nada le tendió un amarillento, rancio y gastado libro titulado “Mis memorias“.

Microrrelato presentado al II Certamen de Relatos Breves organizado por Renfe Cercanías de Madrid bajo el título “Puntualidad“.

Si hubiera cogido aquel tren, ahora estaría en la playa bajo las sombrillas. Si no hubiera llegado tarde a la estación, estaría tomando algo en un chiringuito. Si el tren no hubiese salido puntual, ahora estaría de vacaciones.

Pero lo perdí.

Si hubiera llegado a tiempo, tú no habrías podido alcanzarme. Si hubiera cogido aquel tren, no habrías podido declararte, ni podríamos abrazarnos entre lágrimas. Si el tren no hubiese salido puntual, me estaría arrepintiendo toda mi vida.

Pero lo perdí.

Gracias.

Microrrelato presentado al III Certamen de Relatos Breves organizado por Renfe Cercanías de Madrid bajo el título “Película“.

Por la ventana podía ver diapositivas, postales pintadas a toda velocidad sobre el cristal del vagón, coloridos fotogramas de una proyección gratuita. Paisajes pintorescos con grandes oficinas al lado de naves abandonadas, o viejos barrios junto a frondosos parques.
Todos los días durante estos últimos años he observado la misma película de camino al trabajo. Por eso notaba cada nuevo árbol que plantaban o podaban, cada nueva obra que hacían o terminaban. Por eso me entristecí tanto cuando hicieron aquel túnel nuevo.
Gracias a eso pude fijarme en ti y en tu mirada perdida hacia la negra ventana.

Desgraciadamente ninguno resultó seleccionado ni premiado.

Categorías:Relatos

La lista

Miércoles 6 de mayo de 2009 8 comentarios

No se como llegó, pero tu nombre estaba ahí. Releí la lista una y otra vez asegurándome de que la vista no me había engañado mezclando nombres y apellidos de varias líneas, pero no estaba equivocado. ¿Cómo habías llegado hasta ahí? Afortunadamente aún se trataba de un borrador y podía haber cambios según las investigaciones realizadas. Tenía que hablar contigo como fuese y cuanto antes. Suponiendo que ya tendrían tu teléfono móvil pinchado y habría alguien dedicado en exclusiva a seguirte, sólo se me ocurrió concretar contigo una cita en un lugar seguro llamándote desde una cabina pública.

- Sigues siendo igual de puntual que siempre, Lisa – saludé con un profundo abrazo.
- Y tú igual de inquietante. Ya estás tardando en contarme qué ocurre. ¿Por qué todo este misterio?
- Está bien, sin rodeos – tragué la saliva más espesa que mi boca había fabricado jamás -. Lis, ¿eres una mutante? – pregunté sin tapujos. Pero el prolongado silencio que obtuve me indicó que la respuesta era mucho más complicada que un simple monosílabo.
- Depende - contestaste al fin -. ¿Por qué lo preguntas? – Tu desconfianza siempre te ha permitido sobrevivir, y conmigo no iba a ser menor.
- Hace unos meses me trasladaron a un nuevo departamento dentro de la secretaría de Estado, pero su creación la mantuvieron en secreto. No aparecía en ningún documento oficial y se financia desviando pequeñas cantidades del resto de organismos oficiales.
- ¿A qué se dedica ese departamento? ¿Y qué tiene que ver conmigo? – pareciste impacientarte.
- En una sola palabra: mutantes – respondí lentamente dando el peso que se merece cada sílaba.
- Ya, ¿y? – no pareciste conforme.
- Lis, la gente tiene miedo de las cosas nuevas, de lo que no puede entender, y si puede suponer una amenaza ya ni te cuento. Por eso la primera fase del proyecto es identificarlos a todos.
- En una lista, ¿no? ¿Y dices que viste mi nombre en ella?
- Sí. No te voy a engañar, pero aparecer en esa lista no es bueno – contesté apesadumbrado. Los rumores que había oído variaban mucho según la persona que los contaba, pero todos tenían el mismo denominador común.
- Comprendo - los silencios más largos e incómodos de mi vida siempre han sido contigo -. ¿Hay algo más que venga en esa lista?
- ¿Te refieres a alguna descripción o información? No, nada. Sólo nombres, direcciones y teléfonos.
- Entonces no saben nada – contestaste aliviada. No es que hubieras perdido la calma en ningún momento, pero al menos ya no fruncías el ceño como antes.
- Lis, dime la verdad – supliqué mirándote a los ojos, esos ojos de distinto color que siempre me habían fascinado. El verde me infundía valor, y el azul serenidad.

No contestaste. Te limitaste a poner un dedo sobre mis labios en señal de silencio. En realidad me daba igual la respuesta. Sabías perfectamente que haría cualquier cosa por tí. Lo hice cuando me pediste que nos separásemos y lo volvería a hacer ahora. Siempre he confiado en tí. Cerraste los ojos en concentración y comenzaste a tararear una canción, nuestra canción. Algo cambió, no sé el qué, pero sabía que algo cambió y fue cosa tuya. Pero no lo supe hasta que volví a la oficina y descubrí que tu nombre había desaparecido de cualquier lista y archivo informático.

Siempre fuiste especial.

Categorías:Cuentacuentos, Relatos
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