Microrrelatos (VIII)
Microrrelato presentado al V Certamen de Relatos Breves organizado por Renfe Cercanías de Madrid bajo el título “Flechazo fugaz“.
El tren en sentido contrario pasó a toda velocidad. No pude ver nada, pero durante tan sólo un instante los dos trenes estuvieron separados únicamente por la distancia entre las dos v¡as. Y fue suficiente para sentirte. Estabas ahí. Durante unas milésimas de segundo estuvimos a escasos metros el uno del otro. Pero ahora te alejas, a la misma velocidad a la que nos acercamos. Toda una vida de amor y desamor reducida a un viaje. Espero que cuando llegues empieces tu viaje desde el mismo punto que yo, porque yo también seguiré tus pasos.
Desgraciadamente no resultó ganador ni finalista.
Nadie se acuerda de los segundones
Nadie se acuerda de los segundones.
Esa frase, dicha por mi madre, fue la desencadenante de todo. Era la chispa que necesitaba para encenderme y tomarme en serio todo aquello, como debí hacer desde el principio.
Hacía pocos meses que aquellos tipos consiguieron cruzar el océano Atlántico tan sólo con su avioneta y su mutua compañía. Cientos de flashes alumbraron su salida desde Estados Unidos y miles iluminaron su llegada a Europa. La noticia cruzó el charco más rápido de lo que lo habían hecho ellos. Los niños no hablaban de otra cosa y todos querían emularles, seguir sus pasos. Pero sólo eran éso: niños y sus fantasías. Yo por el contrario acababa de cumplir la mayoría de edad y mi afición por la mecánica y la aeronáutica me permitían estar más cerca del sueño que el resto.
Nadie se acuerda de los segundones. ¿Por qué hacerlo entonces? Ya no podía hacer la hazaña antes que nadie, pero quizás sí más rápida. Me pasé varias semanas modificando el motor de mi pequeña avioneta, que junto con la sustitución de algunas piezas por otras más ligeras, conseguiría reducir significativamente el tiempo del viaje.
El día que decidí partir no había flashes ni periodistas. Tan sólo el notario para certificar la fecha y hora de mi salida, y mi hermana pequeña, ya que mi madre se negó en rotundo apoyarme en aquella locura. Algún operario despistado del aeródromo también se unió curioso a ver mi despegue.
La maniobra no era distinta de las cientos de veces que ya lo había hecho en mis numerosas prácticas, pero sí lo que significaba. Hasta aquel momento, aferrado a la palanca de control, no me dí cuenta de lo que suponía. Podía morir y nadie nunca iba a encontrar mi cadáver. Supuse que me darían por desaparecido y después de un tiempo me darían por muerto. Celebrarían un entierro simbólico con alguna de mis pertenencias, ya que no habría otra cosa que enterrar. Podía incluso imaginarme las lágrimas de mi madre, vestida de negro y diciendo entre sollozos que ya me lo advirtió. Pero aquellas lágrimas no eran imaginarias. Eran las mías en ese momento. Afortunadamente nadie pudo vérmelas desde la cabina. Me las sequé con la manga mientras me convencía a mí mismo de que era demasiado tarde para abandonar.
Pero lo que más miedo me daba no era la posibilidad de morir, o la humillación de mi madre o todos los que conocía, si no de mí mismo. Tenía miedo de no saber qué hacer, de no encontrar mi propósito si no perseguía aquel sueño. De que si no hacía aquello me iba a arrepentir toda mi vida y jamás conseguiría nada de éxito en la vida.
Respiré hondo y presioné el acelerador. El rugido ensordecedor de las hélices me ayudó a no pensar en otra cosa. Me dirigí hacia la pista y dediqué una última mirada a mi hermana que estaba llorando, al notario que miraba con seriedad su reloj mientras arqueaba una ceja, y a aquel desconocido que sonreía sin saber muy bien quién era yo o qué pretendía.
No pude comprobarlo, pero estoy seguro que allí se quedaron hasta que mi avioneta fue lo suficientemente pequeña para no distinguirla en el cielo.
No quiero aburrir con detalles técnicos, pero sólo quiero añadir que no lo conseguí. Poco después de las 48 horas del despegue, una pequeña tormenta eléctrica inutilizó el sistema de control de la avioneta forzándome a realizar un amerizaje de emergencia en mitad de ninguna parte. Todo es agua y niebla en cualquier dirección. Escribo estas palabras en el reverso de la carta de navegación, ahora ya de ningún uso. Poco tiempo quedará hasta que la avioneta se hunda del todo y yo con ella, pero confío en que me de tiempo a terminar esta botella de vino que llevaba reservada para mi llegada. Servirá para mitigar el proceso de congelación en estas frías aguas y para meter mis últimas palabras en ella con la esperanza de que alguien las encuentre. Si estás leyendo ésto quiero que se lo entregues a mi familia pero no lo hagas público a ningún medio de comunicación, para que nadie se acuerde del segundón que nunca llegaré a ser.
Inspirado por la heroica hazaña de aquellos que lo consiguieron en 1919, tan sólo 16 años después de que los hermanos Wright elevaran unos pocos metros la imaginación de toda la humanidad.
Virus
Nos reunieron a todos en la sala de reuniones de la empresa. El director general y unos cuantos ejecutivos esperaban de pie.
- Bienvenidos. Por favor, no se sienten. Seré breve.
Seríamos medio centenar aproximadamente, y había de todo: hombre, mujeres, caucásicos, orientales, africanos… Parecíamos una representación en pequeño de la diversidad racial humana.
- Como bien sabrán – comenzó el director -, la industria farmacéutica no está pasando por su mejor momento. Por ello hace unos años decidimos tomar acción en el asunto. Si alguno tiene algún prejuicio moral, le recomiendo que abandone ahora antes de firmar las cláusulas de confidencialidad. Hay mucho dinero en juego, y si algo de lo que se va a contar aquí sale a la luz pública, nos aseguraremos personalmente de… – pensó unos segundos las palabras adecuadas – silenciarle.
El poco murmullo que había en la sala desapareció por completo con esa última frase. Nos miramos mutuamente unos a otros. Nadie tenía intención de irse. El mercado laboral estaba tan roto que nadie rechazaría ningún trabajo, por muy poco ético que fuese y menos aún bien pagado como prometían que iba a ser aquel.
Nos repartieron una serie de hojas con la cláusula. Todos firmamos en silencio y las entregamos.
- Bien – continuó el director -. Como iba diciendo, desde hace unos años hemos tomado acción directa en el mercado de los medicamentos. Nuestra nueva consigna ha sido: ¿por qué esperar a que una persona enferme cuando podemos hacer que enferme cuando necesitemos?
Algunos de los presentes empezaba a perder color en la cara.
- Tenemos una gran campaña de publicidad y marketing para la semana que viene a nivel nacional para los medicamentos que alivian los síntomas de la gripe y el resfriado. Ahora pasarán de uno en uno a la sala que tengo a mis espaldas – señaló una puerta que estaba en la pared detrás de él – y les inocularán la variante nueva de los virus que hemos preparado para este año. También se les entregará un sobre con billetes de tren o avión para que cada uno vaya a una capital de provincia en la que, durante los próximos días, quiero que recorran por las zonas más concurridas y acudan a todos los eventos multitudinarios que vean y puedan. Quiero que cojan el metro y tosan y estornuden sin remordimientos. ¿Alguna pregunta?
Hubo un silencio tenso. Sí que era verdad que todas las farmacéuticas anunciaban sus productos con una perfecta sincronización en las mismas fechas, pero nadie se imaginaba que ésto fuera una conspiración a nivel nacional.
Alguien levantó tímidamente la mano. Le temblaba.
- ¿El… el virus es seguro?
- Completamente – respondió el director -. No es más que una variante de un virus común. Y ha sido probado en nuestros laboratorios con éxito. No hay nada que temer. No vamos a desatar ninguna pandemia grave ni nada parecido – pareció bromear.
Otra mano temblorosa se alzó.
- ¿Y ésto se hace con otros virus en otras fechas?
El director general sonrió ampliamente.
- No se preocupe. Ya le llamaremos para otras campañas.
El protector
Si llegaba a la espesura podría salvarse. Herbert vio como un muro de árboles se alzaba ante él tras sobrepasar la pequeña colina. Corría todo lo que le permitían las piernas, pero la huída estaba siendo larga y el cansancio era como una losa sobre su cuello. Estaba perdiendo reflejos y no pudo evitar tropezar con una rama. El último tramo del camino antes de adentrarse en el bosque no lo realizó con los pies.
La cantidad de árboles era inmensa y daba la sensación de algo infranqueable y ominoso. Se levantó rápidamente y ahora más despacio para esquivar ramas, raíces y troncos se metía más y más en lo más profundo, donde la luz le costaba llegar con la esperanza de que sus perseguidores no pudieran seguirle allí dentro. Él mismo habría abandonado si su objetivo se hubiese desvanecido entre los árboles. Los caballos no pueden seguir y el esfuerzo no compensaba.
Siguió, esta vez caminando con la mirada fija hacia adelante. A donde quiera que mirase sólo veía árboles, viejos y robustos troncos irregulares, cubiertos por enredaderas y musgo. Tenía el aspecto de un lugar milenario que había permanecido inalterado durante muchísimo tiempo. La humedad en el aire era creciente y tenía la sensación de que le faltaba oxígeno entre tanta vegetación respirando al mismo tiempo en un sitio claustrofóbico. Pero cuando se detuvo porque la visión se le tornaba blanquecina notó una humedad creciente por su ingle. Bajó la vista y con la mano palpó un líquido caliente. Se acercó la mano manchada a la cara y cerró los ojos de rabia.
- ¡Mierda! – exclamó en voz alta a pesar de que sabía que nadie le podía oír. La herida en su vientre era considerable y manaba sangre de forma constante. No estaba seguro de cuándo se la habían causado, pero era claro que estaba producida por un arma de fuego. – ¡Joder! – volvió a gritar – ¿qué voy a hacer ahora? Herbert, ¡piensa! – se dijo a sí mismo.
Caminó unas decenas de pasos antes de desplomarse sobre sus rodillas. Ahora que la sangre circulaba más lenta por su cuerpo, éste renunciaba ahora a hacer más esfuerzos ignorando los daños. Se encontraba débil y aunque no era médico tenía la certeza de que en mitad de un bosque sin asistencia urgente podría cerrar los ojos para siempre sin darse cuenta en cualquier momento.
Se arrastró un par de metros hasta la base del árbol más próximo. Tenía un tronco amplio, no abarcable por los brazos y en su base las raíces habían formado la forma caprichosa de un regazo, ideal para recostarse en aquel momento.
Tras unos breves segundos en los que Herbert aspiró profundamente para recoger todo el oxígeno que tuviera cerca, un crujir de ramas le sobresaltó.
- No te queda mucho tiempo – sonó una voz áspera, como si cada sílaba fuera producida por el lijado de dos trozos de madera entre sí. Si no hubiese sonado tan cerca la habría confundido con el ruido natural del bosque y sus pequeños habitantes.
- ¿Qui… quién ha… dicho eso? – preguntó Herbert con la voz entrecortada, mezcla del sobresalto y de los jadeos por el cansancio. Se intentó incorporar un poco, pero sólo pudo levantar la cabeza unos centímetros y girarla en todo su alrededor buscando la fuente de aquella voz. No vio a nadie. Como si de un acto reflejo fuera miró hacia arriba, hacia el maremágnum de ramas que formaban todos los árboles para filtrar el sol. No sería la primera vez que le emboscaban desde las alturas. Pero tampoco había nadie.
- No malgastes tus fuerzas – volvió a decir la misma voz. Esta vez Herbert se esforzó por intentar deducir su procedencia, y aunque parecía imposible, parecía venir del mismo interior del árbol sobre el que estaba recostado.
- ¿Hay alguien ahí dentro? – preguntó proyectando su voz hacia el árbol, imaginando que si había alguien dentro del tronco le costaría oírle a través de la madera.
- ¿Acaso hay alguien dentro de tí aparte de tú mismo? – respondió el árbol. Herbert creyó ver como un par de pliegues de su corteza se movían levemente para articular los sonidos.
- ¿Qué clase de invento es éste? ¿Cómo un árbol puede hablar? – preguntó nervioso. Estaba asustado, muy asustado, pero aunque quisiera no tenía las fuerzas para salir huyendo de nuevo. Al fin y al cabo aún no le había atacado y no parecía ser hostil.
- Ahorra tus preguntas. No te queda mucho tiempo y no deberías malgastar tus escasas fuerzas con ellas – respondió. Herbert se llevó instintivamente la mano de nuevo a la herida en su vientre. Cada minuto que pasaba, el efecto de la anestesia natural que producía su cuerpo se disipaba, y ahora le dolía como si tuviera un hurón dentro de él jugando con sus tripas. Intentaba detener la hemorragia, pero era inútil. Ya había perdido mucha sangre.
- Yo… – empezó a decir, pero una tos repentina le interrumpió. Sangre desde su boca salpicó el árbol.
- No soy un árbol corriente. Protejo el bosque y a todos los que moran en él. Unta tu herida con mi savia y se curará. No pierdas tu tiempo.
La voz del árbol era áspera, muy áspera. Y cada palabra suya que oía le resultaba más desagradable dentro de su cabeza. Era como oír hablar a un anciano asmático y fumador con la garganta atravesada por una rama. En su interior no se fiaba, pero no tenía nada que perder. Su vida ya la estaba perdiendo irremediablemente.
Sacó una navaja que escondía dentro de su bota. La abrió y la clavó cerca de la base del árbol como si estuviera apuñalando a un moribundo que no se movía. Amplió el agujero hurgando con el filo y con algo de fuerza la sacó. De entre la corteza empezó a manar un líquido rosado. Si no estuviese tan próximo a la muerte y ser propenso a los delirios habría jurado que era sangre y savia blanca mezcladas. Cogió un poco con los dedos y se lo aplicó sobre su herida con mucho cuidado de no provocarse más dolor.
El escozor fue punzante. El grito cortante. El dolor inimaginable. Cayó boca arriba con los ojos cerrados. Tras unos instantes con todos los sentidos bloqueados, poco a poco fue recuperando el control. Abrió los ojos y volvió a ver la telaraña de ramas que formaban el techo del bosque. Seguía vivo.
Se reincorporó y para su sorpresa el dolor parecía haber cesado, y por completo. Se palpó lentamente y comprobó atónito como donde antes había una ventana hacia su interior, ahora había una suave cicatriz. Menos visible incluso que otras que tenía por diversas trifulcas. Seguía cansado, la sangre que había perdido seguía sin ella, pero al menos ya no estaba en el abismo de la muerte.
- ¡Increíble! – exclamó – ¡Estoy curado! – gritó con evidente alegría. – ¿Cómo es posible?
Pero el árbol guardó silencio. ¿Lo habría imaginado? ¿Estaba delirando? ¿Había muerto realmente y todo aquella era un producto de su imaginación? Herbert estaba confuso, pero muy agradecido. Parecía que las cosas podían mejorar desde aquel momento.
Se levantó del todo con cuidado. Estaba agotado, pero podía andar a un ritmo despacio. Se iba a poner en marcha cuando una pequeña molestia en su estómago le asaltó. Se dio cuenta de que ya no recordaba cuándo había sido la última vez que había comido, y achacó su malestar al hambre. No tenía nada encima para echarse a la boca, pero entonces recordó algo que estudió cuando era pequeño. Miró de reojo el corte que había hecho al árbol, del que aún salía un pequeño hilillo del líquido rosado, y pensó que aquella savia podría ser nutritiva para él también. Arrimó la boca directamente sobre el agujero y empezó a sorber para beber. El sabor era extraño. No se parecía nada que hubiese probado nunca, pero no era desagradable en su paladar. Bebió todo lo que pudo y se levantó satisfecho.
Decidió ponerse en marcha cuando la molestia en su estómago volvió de nuevo, pero esta vez más fuerte y con dolor. Herbert se asustó porque si no era hambre sólo podía significar algún tipo de enfermedad. Cuanto antes encontrase ayuda antes encontraría una cura. Necesitaba salir de aquel bosque.
No había dado un par de pasos cuando el dolor en el estómago regresó, más fuerte que nunca. Herbert se agachó y se retorció de dolor. Un bulto parecía crecer cerca de donde ahora estaba su nueva cicatriz. Algo quería salir. Sentía que algo le desgarraba por dentro, al igual que sus gritos. Finalmente cedió y de su cicatriz creció en cuestión de instantes una rama de árbol. Una rama con otras pequeñas ramas que brotaban de ella y completamente cubierta de hojas.
- ¡¿Pero qué demonios?! – gritó con el pánico grabado en cada parte de su cuerpo. Intentó salir corriendo, pero su rama se enganchó con otro árbol. Sentía el roce desde su nuevo apéndice. Fue en ese momento cuando lo entendió. Se fijó en el resto de árboles de su entorno. Todos tenían en alguna parte un rostro humano tallado en la madera, congelado y erosionado por el paso del tiempo. Alguno apenas podían distinguirse algunas facciones, cubiertos por musgos y enredaderas, y ramas creciéndoles desde cualquier sitio.
Estaba fuera de sí. Dispuesto a arrancarse de cuajo su rama cuando de repente el dolor regresó, pero esta vez lo sentía por todo su cuerpo, como si algo creciese dentro de él. Sintió algo en su garganta y sus reflejos le obligaron a toser. De su boca salieron un par de hojas verdes.
- ¡Noooooooo! – fue lo último que pudo decir antes de que otra rama, aún más grande que la anterior le saliera desde su garganta. Parecía que hubiese sido empalado por un árbol. En apenas unos pocos segundos después, la trasformación fue completa.
- Bienvenido, Herb… al. ¡Ja, ja, ja, ja! – dijo al fin el árbol, seguido de carcajadas que parecían crujir de ramas.
La visión de Herbert se tornó borrosa cuando un caracol dejó su rastro viscoso por lo que habían sido sus ojos, ahora tallados para siempre en madera.
Relato presentado al VI Certamen de Calabazas en el trastero cuya temática se encuentra centrada en bosques, pero desgraciadamente no resultó seleccionado.
Fallo
El almacén era pequeño, apenas una docena de cajas apiladas al fondo en la parte más oscura, y algunas sueltas sobre el suelo, en la parte que bañaba la luz rojiza del atardecer. Sobre una de ellas y mirando a través de la rendijas de la ventana que rayaban todo lo que tocaban, estaba sentada. Sus pies casi no llegaban al suelo aunque su alma se encontraba más abajo aún.
- ¿Qué se siente al morir? – preguntó Ray tras unos segundos observándola.
- Frío – respondió soltando vaho de la boca, que contrastaba con el calor que hacía allí dentro.
La atmósfera era tensa, pero ella sólo tenía ojos para la cálida luz que lo inundaba todo. Unos preciosos ojos azules que gritaban haber visto cosas que no hubiesen querido, que ahora estaban llorando una escarcha imperceptible.
- ¿Cuántas veces van? – preguntó Ray por pura curiosidad. Realmente no le importaba ni lo más mínimo.
Cerró los ojos con fuerza unos segundos, intentando hacer memoria.
- He perdido la cuenta – desistió, volviendo a responder con un gélido vaho que procedía desde lo más profundo.
Con un convulso gesto de su brazo derecho, una pequeña espada cayó de entre la manga de su gabardina raída y sucia. La agarró ágilmente del mango antes de que la punta tocara el suelo. Con la otra mano se ajustó su sombrero para que la luz no le cegara.
- No tienes por qué hacerlo – susurró sin dirigirle la mirada.
- Sabes que si no lo hago yo, otros vendrán detrás de mí.
Eternos instantes separaban el destino de ambos. Ray no podía esperar más. Tenía que responder ante alguien cuya paciencia no era una virtud. Saltó hacía ella rápidamente. El primer golpe la elevó en el aire. Un par de ágiles movimientos y al suelo cayó más de un trozo inerte. La espada ni siquiera estaba manchada.
—
- ¡Tío, mira! No se ha resistido – dijo Ray señalando la pantalla.
- ¡Qué raro! Me habré pasado el juego cientos de veces y ésa era una de los jefes finales más chungos – respondió con cara extrañada su amigo que le había prestado el juego.
- Pues no se ha resistido. La he matado sin más.
- Será un fallo del juego entonces. Pero no te confíes. Continúa, que ahora vienen otros más difíciles aún.
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