Desolación

Lunes 16 de diciembre de 2013 Los comentarios están cerrados

Había desolación hasta donde alcanzaba la vista. Los cuerpos estaban amontonados y el único movimiento que se observaba era el de los pájaros dando buena cuenta de los cadáveres.

Un cuervo enorme, con plumas tan oscuras que parecían tragarse la luz, le dirigió una mirada desde el suelo a su lado. Avanzó un par de saltos hasta posarse sobre la cara de un cuerpo que yacía boca arriba. En un parpadeo un ojo colgaba de su pico. Le volvió a mirar como buscando la aprobación de lo que acababa de hacer. No esperó ninguna respuesta y alzó el vuelo.

La Muerte le siguió con su mirada cargada de vacío y alzó su esquelético brazo intentando agarrar al pájaro ya muy lejos de su alcance.

— OS ENVIDIO— susurró con una voz que hubiera hecho enloquecer a cualquiera que hubiese quedado vivo a su alrededor. Sólo hubo graznidos de respuesta.

Categorías:Microrrelatos

Mala suerte

Martes 16 de julio de 2013 1 comentario

Un día te miras en el espejo por la mañana y cuentas más canas que años. Las arrugas empiezan a hacerse más evidentes y no puedes evitar preguntarte ¿Qué ha pasado?

La vida no es más que una serie de decepciones y un conjunto de palos. Cuando somos pequeños, vemos a los adultos como si fuesen de otra especie o planeta. “Nunca seremos como ellos” pensamos. Nos imaginamos el futuro lleno de oportunidades y sin preocupaciones.

Cuando llegamos a la adolescencia ya hemos probado del amargo sabor de la experiencia, pero no es suficiente para echarnos para atrás. Nos creemos en la mejor posición del mundo: seguimos sin ser los adultos que tan diferentes a nosotros nos parecen y seguimos conservando la ilusión y fantasía de poder amoldar el futuro como imaginábamos de pequeños. La rebeldía en su máxima expresión.

Crecemos cuando por fin nuestro espíritu es doblegado. Tal es la cantidad de golpes recibidos que somos nosotros los que cambiamos. Nuestros sueños se adaptan para hacerlos más realistas. Somos conscientes de nuestras limitaciones y de las de la sociedad. Y nos convencemos de tal forma que no somos conscientes de que nos hemos convertido en lo que no queríamos ser de pequeños.

Vivir aventuras emocionantes como en las películas. Viajar a lugares en los que nadie ha estado antes. Ser los primeros en descubrir algo que enseñar a los demás. Ponerle el nombre a algo y ser recordado por ello. Todo, todo ello se transforma. Las aventuras emocionantes se quedan en criar a un hijo. Los viajes a lugares inhóspitos se quedan en la esperanza de poder disfrutar algunas vacaciones lo más lejos posible. Y sólo seremos recordados como un número en una sociedad empeñada en clasificar hasta las emociones en una tabla.

Sólo algunos, muy pocos privilegiados, son capaces de que una pequeña parte de ese niño sobreviva en un mundo cruel y desgarrador de almas. Y tenga al menos la oportunidad de cumplir sus sueños. Los demás, nos tenemos que conformar con encontrar nuestro sitio y cumplir unos sueños que nunca han sido nuestros.

Somos la única especie animal del mundo capaz de plantearse su propia existencia. Hemos tenido mala suerte.

Categorías:Reflexiones

Equilibrio

Martes 4 de junio de 2013 1 comentario

“Esto no funciona así. El Equilibrio es esencial. Por ejemplo, si en una parte del mundo hay un incendio, en otra debe haber una tormenta para que se mantenga. Si sólo hubiese incendios o tormentas no tardaríamos mucho en irnos al Abismo. Con la magia es lo mismo. Si quiero hacer un hechizo flamígero, algún otro mago en cualquier otra parte del mundo, debe hacer uno acuático de igual fuerza e intensidad. Bajo esta premisa al principio se pensó que cuantos más magos hubiese, más magia podrían hacer entre todos porque habría más posibilidades de hacer un hechizo que mantuviese el Equilibrio de otro. Pero se equivocaron. El Equilibrio es más frágil de lo que parece y no terminó bien. Se aprendió por las malas que para mantener el Equilibrio también es necesario dejar pasar tiempo. Muchos magos murieron calcinados por combustión espontánea o fritos por rayos en un día soleado. Aquello fue sólo un aviso, pero la magia ya no fue la misma desde entonces.”

– ¡Vale, tío! Yo sólo te había pedido que hicieses una hoguera para calentarnos, que esta noche va a hacer un frío que pela. No hacía falta que me soltaras ese rollo.

– Bueno, tengo esta yesca y pedernal que si las chocamos… ¡Magia!

– Como mago no vales gran cosa.

– Pero es que el Equilibrio…

– ¡Ya, vale! Nasnoches.

Categorías:Relatos

El autobús (microrrelato)

Miércoles 31 de octubre de 2012 1 comentario

Mirando por la ventanilla del autobús Jon sólo vio ruinas grises y polvo en suspensión permanente. La Gran Guerra terminó en catástrofe. Todos perdieron. La costa este quedó arrasada, pero la oeste se libró. Un nuevo gobierno se estableció allí y entre sus primeras medidas populistas estaba el rescate de supervivientes de toda la zona arrasada: unos tres millones de kilómetros cuadrados. La intención quedó reducida a un autobús que recorría todas las ciudades y pueblos en esa área recogiendo a los supervivientes que encontrasen.

Jon fue de los primeros. Después de casi diez años recorriendo ruinas, apenas llegan a una veintena. Quizás fue la radiación o la soledad, pero sentía su cuerpo amoldado a los baches, sus ojos acostumbrados al polvo de la carretera y su alma ligada a ese viaje. Nadie sabía cuántos años más tardarían en llegar, pero Jon presentía que su corazón se detendría en el instante que el autobús apagase el motor por última vez.

Microrrelato seleccionado para el certamen “On the road” de la editorial ArtGerust.

Categorías:Relatos

Jen

Martes 22 de mayo de 2012 1 comentario

El día comenzó nublado con un gris tormentoso. Jen se había levantado pronto de la cama y llamó a sus sirvientas para que la ayudaran a lavarse y a vestirse. Ese día escogió un vestido de seda verde con encajes de hilo de oro. El escote quedaba insinuado tras unos cordones que servían para cerrar el vestido por delante. – Perfecto – pensó. Había aprendido que una pequeña distracción ayudaba mucho a la hora de convencer a los hombres. Bajó de la torre donde estaba su habitación hasta la sala de audiencias del castillo. Hoy le esperaban tres personas para verla según le informó su consejero, Ser Horas Harrington.

La primera era un aldeano harapiento. Jen agradeció la distancia que les separaba porque por la cara que ponían los soldados de la guardia que lo escoltaban debía hacer algo más con los cerdos aparte de criarlos.

– Mi señora – comenzó derrumbándose de rodillas -, no puedo seguir trabajando en estas condiciones. Los lobos han vuelto a atacar varios días durante esta semana y prácticamente han terminado con todo el ganado. Únicamente he podido salvar un par de cerdos escondiéndolos en mi casa. – Eso explicaría el olor – pensó Jen. Últimamente tenía que lidiar con un montón de quejicas. Casi todas las personas que iban a verla eran para pedirla favores. – ¡No estoy hecha de oro! – la hubiera gustado gritar. Pero se contuvo.

– No os preocupéis. Ser Horas, preparad una partida de caza y que no regresen hasta que no me traigan al menos una decena de cabezas de lobo.

– Es usted muy generosa – dijo el aldeano agachando la cabeza -. ¿Pero qué voy a hacer sin casi ganado? Tengo varios hijos que alimentar y un par de cerdos no son suficientes.

– Estoy segura de que ya se os ocurrirá algo. Os las habéis apañado para engendrar un montón de hijos sanos y fuertes. Seguro que también os las apañáis para salir adelante. Guardias, haced pasar al siguiente.

Al aldeano le hubiese gustado protestar pero antes de que pudiese decir alguna palabra coordinada los soldados le estaban sacando a rastras de la sala. – Ahora habrá que ventilar esto – susurró a Ser Horas arrugando la nariz.

El siguiente peticionario era un mercader. Llevaba ropas vistosas aunque un poco raídas. Así a simple vista era imposible saber a qué se dedicaba realmente, pero desde luego daba a entender que no vivía en la opulencia.

– Lady Wadsworth, vengo a solicitaros consejo – dijo hincando la rodilla. – ¡Vaya! Esto es diferente – pensó Jen -, pero es mucha molestia sólo para un consejo. Seguro que también viene a recrearse la vista.

– Expón tu caso, mercader.

– Soy un mercader del puerto. Trabajo con todo tipo de mercancías, procedentes de casi todos los puntos del continente y de más allá del océano: especias, alimentos, joyas, metales y en algunas ocasiones hasta armas y armaduras. El otro día un capitán de un barco del otro lado del mar me ofreció comerciar con otra cosa diferente.

– ¿Esclavos? – sugirió Jen. Por todos era sabido que el esclavismo era algo muy común al otro lado del mar. Aquellos salvajes de las ciudades libres venderían a su propia madre si con ello sacaran algún beneficio. No conocían el honor a menos que estuviese chapado en oro y perfumado con sales arómaticas.

– Precisamente, mi señora. Vengo a pedir el consejo para saber qué debo responderle al capitán del navío.

– ¿Aún se encuentra en la ciudad?

– Sí. Dijo que se quedaría unos tres días antes de partir de nuevo.

– Bien. Convocadle de inmediato y decidle que abandone esta ciudad lo antes posible si aprecia en algo su vida. No toleraré esclavos en mis tierras. Y si tiene la poca cabeza de rehusar, puedes decirle que esta ciudad su vida valdrá menos que su honor.

– Cómo deseéis, mi señora – respondió con una reverencia no sin antes recorrerla entera con la mirada y salió por su propio pie de la sala.

– Este es el problema de las ciudades portuarias. Cualquier puede atracar en su muelle y descargar la mercancía que le venga en gana – le susurró a Ser Horas.

– Ciertamente es un problema. ¿Desea mi señora que levantemos un control de las mercancías que salgan y entran del puerto?

– No. Afortunadamente no se tratan más que de casos aislados. Por mucho que me disguste la idea, un mercado libre es más favorable a prosperar. El control traería más picaresca de la que ya hay. ¡Guardias! Haced pasar al siguiente. Estoy cansada de tanta palabrería y quiero retirarme pronto.

– Mi señora – dijo uno de los guardias -. No quedan más solicitantes.

– Creía recordar que habíais dicho que había tres esperando audiencia.

– Así era, pero uno de ellos ha decidido marcharse antes de que le tocase su turno. ¿Voy en su busca, mi señora?

– No. Dejadlo estar. Si no ha sido capaz de esperar es que no sería un asunto importante. Si se vuelve a presentar en otra ocasión haced que pida la audiencia desde el calabozo.

Jen se despidió de Ser Horas y de su guardia. Uno de ellos insistió en acompañarla a su habitación, pero ella se negó. Tenía ganas de descansar sin preocuparse de tener nadie detrás de ella vigilando sus movimientos. Subió las escaleras de la torre y se metió en su cuarto. Dirigió la mirada hacia una pila de libros que tenía encima de la mesa, enfrente de la ventana. Llevaba días leyendo todo lo que había encontrado en el castillo acerca de los Hosfadter, la casa que gobernó aquellas tierras hacía cientos de años antes de que su linaje se extinguiera. Aunque no creyera en supersticiones o maldiciones, ella era la última viva de la casa Wadsworth y confiaba en encontrar algún tipo de explicación sobre el aciago destino que sufrían todos los gobernantes de aquel castillo.

– ¡Qué raro! – susurró – Juraría que no había dejado los libros tan revueltos.

– Eres muy lista. Me gustan que sean listas además de hermosas – dijo una voz desde las sombras. Debido al día nublado la habitación estaba en una penumbra constante. Durante un instante Jen sintió que aquella voz provenía de todos los rincones oscuros de la habitación.

– ¿Quién eres? ¡Muéstrate! – gritó Jen – ¡Guardia! ¡Guardia!

De entre las sombras de las cortinas apareció un hombre. Iba vestido con un traje de pieles de animales, burdamente cosidas entre ellas. Tenía el pelo largo por los hombros y un rostro muy curtido rodeando unos ojos marrones. Su mirada denotaba odio y lujuria a la vez.

– No te servirá de nada llamar a la guardia. Les has dicho que te dejaran en paz y desde lo alto de la torre no van a oír.

– ¿Qué quieres? ¿Oro? ¿Joyas? ¿Un título? ¿Tierras? Pide y lo tendrás, pero por favor no me hagas daño -. Jen se dio cuenta de que estaba sollozando. Las piernas la temblaban  y si no estuviese apoyada sobre la mesa se habría derrumbado.

– ¿Te crees que puedes comprar a un hombre libre con esas cosas? Me río de tus títulos y meo en tus joyas. Lo que quiero es a ti -. La mirada del salvaje se clavó en el generoso escote que llevaba Jen -. Estabas demasiado ocupada esta mañana para recibirme, pero ahora voy a tomarte tanto si quieres como si no.

El salvaje ocupaba el único acceso de la habitación, aún así Jen decidió que tenía que intentarlo. Se abalanzó sobre él con el objetivo de derribarlo y conseguir al menos una oportunidad para escapar. Pilló al salvaje por sorpresa y consiguió desequilibrarlo lo suficiente para que cayera, pero él consiguió agarrarla del brazo antes de caer y ambos rodaron por el suelo. Jen no era tan fuerte físicamente y por más que se agitaba no conseguía soltarse. El salvaje cogió los cordones que cerraban el escote del vestido con la otra mano y tiró con fuerza desgarrando el vestido y dejando al descubierto sus pechos.

– ¡No! ¡Por favor! ¡Me haces daño! – gritó entre sollozos intentando cubrirse con el brazo que conservaba libre.

– ¡No te resistas o será peor! – La zarandeó provocando incluso más gritos y sollozos. Jen intentaba dar patadas y puñetazos pero sólo acertaba al aire, mientras el salvaje seguía arrancándole lo que la quedaba del vestido.

Una de las patadas acertó al salvaje en el vientre provocando que se doblara del dolor inesperado. Inmediatamente otro puñetazo fortuito dio de lleno en la nariz que empezó a sangrar.

– ¡Maldita seas! Te crees mejor que yo sólo por vivir rodeada de sedas y protegida por murallas. Pues tus murallas no te han protegido de mí y desde luego la seda tampoco – dijo mientras agitaba el resto del vestido que aún tenía en la mano -. Escúchame bien. El pueblo libre va a recuperar el sur y nadie nos lo podrá impedir. En estos momentos miles de mis hermanos estarán cruzando ya el Muro.

Jen estaba temblando y tenía la vista borrosa. El frío del suelo de piedra se le estaba calando en los huesos y las lágrimas recorrían su cara. El salvaje la alzó tirando del brazo por el que aún la sujetaba y se la acercó a los labios para besarla. De manera instintiva Jen abrió la boca y le mordió en la nariz aún chorreante de sangre. Su grito retumbó en toda la torre, alertando a toda la guardia del castillo.

Dominado por la ira alzó con ambas manos a Jen y la arrojó contra la ventana, rompiendo madera y cristales y arrojándola al vacío, justo en el instante en que los soldados llegaban a la habitación. Lo último que se le pasó por la mente a la última Wadsworth fue el extraño sabor en su boca, mezcla de sangre y lágrimas.

Categorías:Relatos

Tiempo de cárcel

Miércoles 7 de marzo de 2012 Los comentarios están cerrados

George Fray era menudo y regordete. Al principio Michael tenía dudas de que fuera quien decía ser: un funcionario de prisiones de una de las cárceles más extrañas y misteriosas del país, pero despejó sus dudas cuando fue él quien se acercó.

– ¿Es usted Michael Tentapoulos?

– Sí. George Fray supongo. Encantado – respondió y le estrechó la mano -. Le imaginaba diferente.

Michael sintió como una mirada de incomodidad le perforó. Debía andarse con más cuidado si quería sacar algo de información para hacer un buen reportaje. Al fin y al cabo había sido el propio George el que le había llamado y concertado la cita en ese bar de las afueras. Y del mismo modo podría irse en cualquier momento y dejarle con la miel en los labios. Cualquier dato sobre la prisión de Bookswitch era carne de portada, y más todavía si venía de alguien que había trabajado allí.

– Y bien, ¿qué es lo que quería contarme? – preguntó Michael mientras sacaba la grabadora para registrar toda la conversación.

– No, por favor – respondió enseguida -. Nada de grabaciones, ni de nombres ni de menciones ni nada que pueda relacionarse conmigo. Le contaré todo lo que sé pero no quiero que mi nombre aparezca por ningún sitio.

Un reportaje sin fuentes tenía tan poca validez como una demostración científica en una servilleta, pero Michael pensó que aún tenía la posibilidad de contrastar algo de lo que le contara y poder dar algo de crédito a su reportaje.

– De acuerdo. Tomaré únicamente notas. Cuando quiera puede empezar. Si no estoy equivocado usted fue funcionario de prisiones en Bookswitch desde principios de los sesenta hasta mediados de los ochenta.

– Sí. Trabajé más de veinte años en ese sitio infernal. Y jamás podré arrepentirme lo suficiente.

– ¿Infernal? Bookswitch tiene fama de prisión modelo ejemplar. Sin fugas, sin altercados y sin prácticamente repercusión mediática. ¿Qué tenía de malo?

– ¿Nunca se preguntó por qué esta cárcel se ofrecía a acoger a la peor calaña y a los condenamos más peligrosos cuando el resto de prisiones se negaban y hacían todo lo posible para no recibirlos? ¿No le parecía extraño?

– Sí, bueno. Pero si eran capaces de controlar a esa gente, ¿por qué no?

– Ya – George suspiró -. Siempre se jactaron de eso. Verá, Bookswitch no siempre fue una cárcel. En los años cincuenta era una instalación del ejército. En principio un conjunto de laboratorios para algunos experimentos con poco presupuesto por la escasa confianza de éxito que generaban.

– ¿Por ejemplo?

– Cualquier cosa absurda que se le ocurra: teletransporte, ascensores a la Luna, viajes al centro de la tierra, viajes en el tiempo… La creatividad no era precisamente lo que faltaba. Y contra toda expectativa uno de ellos salió adelante -. La cara de Michael rezumaba expectación -. Los viajes en el tiempo.

– Ya, claro – Michael cambió su expresión a la incredulidad máxima. Se sentía estafado por otro lunático más, pero aún así le apetecía escuchar cómo de elaborada estaba su historia de ficción -. Me va a costar creer eso. Pero suponiendo que sea cierto, ¿cómo es que no ha trascendido nunca nada?

– Le sorprendería saber la cantidad de secretos que maneja el ejército. Le podría contar un montón de rumores pero quiero centrarme en lo que vi con mis propios ojos.

– ¿Y qué tienen que ver los viajes en el tiempo con la cárcel?

– ¡Todo! ¡Tiene que ver todo! ¿No lo ve? ¿No lo entiende? – George estaba exaltado pero al ver la cara de sorpresa y el miedo que estaba provocando en Michael, rompió a llorar -. Pobres desgraciados. Que Dios se apiade de sus almas.

Michael estaba asustado. Aquel hombre estaba completamente destrozado, pero no estaba seguro si tenía un trauma de algún tipo o sólo desquiciado por haber trabajado tanto tiempo en una prisión.

– Tranquilícese, por favor. ¿Quiere decir que todos los presos están muertos?

– Peor. Mucho peor. Simplemente no están… en nuestra época.

– ¡¿Cómo?! – Michael estaba alucinando y fascinado por la capacidad de ficción e interpretación de George.

– Los militares consiguieron viajar en el tiempo, pero con algunos matices. Sólo se podía viajar al futuro y era imposible controlar la fecha de destino. Pero aún así vieron la viabilidad del proyecto y decidieron sacarle una rentabilidad económica.

– Y por eso transformaron el complejo en una prisión, ¿no? Pero sigo sin ver la relación con los reclusos.

– ¿Cuál es la mejor forma de controlar a una persona peligrosa? Encerrarles no es suficiente, así que se les ocurrió la brillante idea de enviarles al futuro. Los problemas del descubrimiento no eran un problema para esa aplicación. Nadie iba a echar de menos a esos malditos monstruos de cadena perpetua.

– ¿Los… enviaron al futuro?

– Técnicamente no están muertos así que no encontraron ningún problema legal para aprobar ese sistema. Pero sí que hubo un pequeño problema técnico del que se dieron cuenta al poco de comenzar. El viaje es en el tiempo, no en el espacio. Lo que hace es conectar el mismo punto del espacio en dos fechas diferentes.

– No veo a donde quieres llegar.

– La máquina del tiempo debe existir y estar funcionando en el momento del futuro al que se les ha enviado para ser capaz de recibir al preso. ¡La máquina que hace posible los viajes no puede apagarse nunca!

– ¿Qué pasaría si ocurriese eso? ¿Morirían?

– No, no. Sería una anomalía temporal y se corregiría automáticamente. Es decir, el viaje en el tiempo se interrumpiría antes de que la máquina se desconectase y todos los presos aparecerían a la vez justo en el instante anterior.

Michael no estaba creyendo ni una sola palabra. Había estado escuchando la historia simplemente por entretenimiento, pero  le parecía que aquello estaba tomando un cariz demasiado fantástico.

– ¡Vaya! Es una historia realmente fascinante, George. Pero mucho me temo que no puedo utilizarla sin ningún tipo de prueba. Tiene que reconocer que resulta algo… fantástica.

– No he terminado de contar mi historia aún – carraspeó -. Hubo uno que llegó.

– ¿Un preso que terminó su viaje?

– No se podía controlar la fecha de destino, pero sí que se descubrió que según la potencia de la máquina los viajes podían ser más largos o más cortos.

– ¿Y qué ocurrió con él? ¿Le volvieron a enviar de viaje?

– Volvió, sí. Pero ya no era el mismo. Había adquirido ciertas habilidades… especiales. Y consiguió huir. Nadie le volvió a ver.

– ¿Qué habilidades? ¿Cómo sabe todo esto?

– Ya he contado suficiente – dijo con ademán de levantarse. Los dos se estaban poniendo nerviosos.

– Espere, espere. No puede irse ahora – le sujetó por el brazo -. Tiene que contarme el resto. Algo me dice que no me está contando todo lo que sabe tal y cómo me prometió.

– ¡He dicho que he contado suficiente! – gritó -. Ahora suélteme.

Michael le soltó, pero aquella mirada desafiante dijo más que toda la conversación.

– Fue usted, ¿verdad? El preso que consiguió huir. Sus más de veinte años en esa cárcel no fueron trabajando. Ha viajado en el tiempo.

– Sabía que había hecho bien llamándole. Es usted muy listo – dijo con sonrisa maliciosa -. Sí, fui yo. He perdido la mitad de mi vida en un instante y quiero agradecérselo a esta sociedad que me encerró.

Las dudas aún sobrevolaban la cabeza de Michael. ¿Le seguía tomando el pelo? Tenía que reconocer que sonaba muy convincente y todo tenía su lógica pero, ¿viajes en el tiempo? Seguía sonando a película.

– Sigue sin creerme, ¿verdad? No importa. Cuando me vaya se habrá convencido. Quiero que en su reportaje ponga que el fin se acerca. Quiero que lo vean venir.

– ¿Qué insinúa? ¿Es una amenaza? – caviló unos instantes -. ¡¿No será un terrorista?!

– Voy a liberarlos. A todos. Y todos tendrán las mismas habilidades que yo.

– ¿Qué habilidades?

– Viajar por el tiempo a nuestro antojo – respondió con entonación deliberadamente seca.

Dejando la palabra en la boca, George se dio media vuelta y, como si se tratara de una ilusión óptica, se desvaneció sin más. Ni un ruido ni ninguna sensación. En un instante estaba y al siguiente no.

– ¡Dios mío! – susurró Michael -. Que el señor se apiade de nosotros – musitó con lágrimas en la comisura de sus ojos al encajar todas las piezas en su cabeza.

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Tumba abierta (I)

Viernes 6 de enero de 2012 Los comentarios están cerrados

El despertar fue abrupto. Me incorporé todo lo rápido que pude pero tuve que hacer fuerza para conseguirlo. Estaba cubierto por un palmo de tierra de la cabeza a los pies. Me sacudí la cabeza y ayudé con las manos a retirar toda la tierra que tenía por la cara y pelo. Con los ojos despejados miré a mi alrededor.

Estaba dentro de una tumba excavada burdamente con las manos y apenas cubierto con algo de tierra. Parecía hecha con mucha prisa. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Por qué estaba enterrado? Me giré y detrás de mí había un par de maderas clavadas en forma de cruz haciendo la función de lápida. Un nombre estaba escrito sobre el tablón horizontal escarbado sobre la madera con algo punzante.

Ponía Edward Blake. No era mi nombre.

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